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domingo, 20 de enero de 2013

El medallón y las puñetas


El medallón y las puñetas



Erase una vez que será, dentro de muchos, muchos años, o puede que no tantos…

La barba blanca se erizó, sobrecogida, como lo estaba el resto de su ser. Observaba a su nieto. El niño, arrodillado, percibía su presencia pero estaba muy ensimismado como para girarse.
-Abuelo, mira lo que he encontrado en el baúl –dijo mostrando un antiguo medallón con un cordón trenzado. ¿Sabes…?
-¡Oh, no! Calla, no hables, no digas nada, nada en absoluto, ni siquiera pienses.
-Es que me gustaría…
-¡SILENCIO!
El alarido rebotó en los tímpanos del pequeño. Hasta sus pecas parecieron brincar sobresaltadas. Entonces miró a su abuelo, con los ojos muy abiertos.
-¿Abuelo, por qué…?
-¿No me has oído? Vamos, hijo, suelta eso inmediatamente. Déjalo dónde estaba. Y no vuelvas a cogerlo jamás, ¿me oyes?
-Jopé, está bien…
-Perdona, hijo, lo siento, te lo explicaré. Verás, lo llaman el medallón de las puñetas. El mundo entero se volvió loco por culpa de ese objeto. Un ser extraño me ayudó a descubrirlo hace muchos, muchos años…

Sí, así fue que se era, hace muchos, muchos años, o puede que más…

El grito, de esos que urgen, voló escaleras arriba. La sonrisa con pocos dientes voló escaleras abajo. Frente al pequeño, un tazón de leche con la telilla del letargo y otras viandas; un reloj que marca las «uf, que tarde es»; una madre impaciente con el ceño arrugado; un padre nervioso imitando el gesto de su esposa. En realidad, la escena se asemejaba a la de cualquier otra mañana. O no.

Porque entonces fue que sucedió…

-¿Qué es eso que llevas colgando del cuello? –preguntó la madre, interceptando a tiempo las palabrotas.
La mirada del niño, que para eso es inmaterial, atravesó el cristal de la ventana, y se detuvo junto a un montón de tierra que, hasta aquel día, formaba parte del jardín. Las miradas de papá y mamá, y viceversa, acompañaron a la mirada del primogénito. Luego las tres miradas comenzaron a cruzarse las unas con las otras, pasando de unos ojos a otros, hasta que una boca se cansó de aquel estúpido ejercicio:
Mecagüenlamar!, ¿qué narices has hecho en el jardín? –exclamó la madre con peor maña esta vez para sujetar la lengua.
-Es un tesoro. Un duende saltarín me dijo donde encontrarlo.
-¿Un qué? ¡Trae eso ahora mismo! –requirió mami con la mano extendida, golpeando rítmicamente el suelo con el pie.

Érase una vez que comenzó el lío…

La madre observó el no más curioso que desgastado objeto y pensó:
-“Menuda porquería”.
Y a continuación pensó:
-“Me gustaría saber qué leches es esto”.
Dicho y hecho. Le hubiera gustado saberlo y ¡vaya si lo supo!, de inmediato, y en su rostro se reflejó la fascinación, mezclada con terror, embeleso, ofuscación y risa nerviosa. Entretanto, padre e hijo, retomaban el estúpido ejercicio de las miradas. Y en la silla que ocupaba su esposo apareció Paul Newman, confuso como es lógico al regresar de sopetón del más allá. Justo cuando el actor quiso decir algo se desintegró y volvió a ocupar la silla el marido. Y, finalmente, la madre pensó:
-“No, no, no, ya no quiero saber lo que es esto”.
Dicho y hecho. Y, de inmediato, dejó de saber lo que una vez supo, y regresó a su rostro el acostumbrado y tranquilizador ceño arrugado, y anunció:
-Ya buscaré la forma de castigarte por lo que le has hecho a mi jardín. Ahora vas a llegar tarde al colegio así que quiero que termines tu desayuno en un “plis-plas”.
Dicho y hecho: plis…, un zumo de melocotón, una manzana, un tazón de leche, dos tostadas con mantequilla y mermelada, …plas.
Y, después, más asombro desmedido, miradas tontas que van y vienen, maravilla, estupefacción, pasmo, pavor, etc. En fin, lo habitual cuando un niño de siete años devora un desayuno copioso en dos segundos.
-Da… da… da… dame eso, ¿quieres? –solicitó el padre a la madre, aunque con muchos más “daes” de los que aparecen escritos-. Será mejor que se lo lleve a Fermín –explicó el hombre, refiriéndose al medallón y a un amigo catedrático.

Y había una vez un lio que se fue complicando…

El cerebro del padre, tras dos horas de conducción (ya que el amigo Fermín, se encontraba en la otra punta del país), comenzó a construir la teoría del “todo ha sido una absurda alucinación, joder”. Y el cerebro lenguaraz envió órdenes al sistema nervioso para que se relajase. Poco después, el padre dio la vuelta, y el cerebro escribió:
-“Menos mal que no le he contado nada a Fermín. Estaría riéndose de mi toda la vida”.
Al poco rato, el cerebro temeroso escondió (que ingenuo) el medallón en alguno de sus reductos y decidió abstraerse en la circulación. Y ahí estaba, justo delante, el pequeño automóvil de color rojo anaranjado con su marcha parsimoniosa. El padre, convertido entonces en el clásico conductor intransigente, comenzó a mascullar:
-¡Vamos, hombre, písale más! ¡Ojalá fueras un ciervo, seguro que conducirías con más alegría…! ¡Dios mío! ¿Qué hace ese loco?
El padre descendió del automóvil después de que se hubo detenido, acertando por fortuna el orden de acciones. Y detenido, sin duda, estaba también el coche rojo anaranjado, abrazando con su chapa el tronco de un árbol enorme. –No puede ser, no puede ser… -murmuraba el padre a medida que se acercaba.
Pero sí que podía ser y fue. Por encima del airbag sobresalían los enormes cuernos que terminaban fuera del parabrisas. El padre sacó el medallón del bolsillo y lo colgó de una de las ramificaciones de aquella magnífica cornamenta. ¿Por qué hizo eso? Nadie lo sabe. Y, justo en el momento de soltar el medallón, el padre desapareció. Nunca se sabe lo que a uno le puede pasar por la cabeza cuando ve a un ciervo que se ha estrellado con su vehículo contra un árbol. Sea como fuere, otro ciervo, recién aparecido y confundido (no es para menos) por su nueva condición, se adentró con brío en el bosque en busca de su hembra.

Mas fue que gordo fue lo que sucedió…

La gabardina gris se arrebujó en el asiento del copiloto. En su interior, el hombre sin pelo, sin escrúpulos y sin sentido del humor, estaba a punto de quedarse sin desayuno:
-¡Joder, qué frío! Vamos a la Tasquita, Emilio, necesito un caf… ¡Mierda, el móvil! Aquí el comisario Torres… ¿Un accidente en la carretera comarcal? Pues que vayan los de tráfico… Ah, que nos han llamado ellos, joder… Ya… Sí, sí, conozco el lugar. Nos queda de camino, sí. Está bien, ya vamos para allá. Pon la sirena, Emilio. ¡Cagüentó!.
Algunos minutos más tarde:
-¡Miré, comisario, son agentes forestales!
-¿Qué demonios…? Vamos, Emilio.
La gabardina gris se abrió hacia un lado dejando ver una placa de identificación policial.
-Buenos días, comisario
-Serán para usted. Bien, ¿qué tenemos?
-Será mejor que lo vea usted mismo.
La gabardina gris se acercó al vehículo rojo anaranjado abrazado al árbol. Sus ojos lastimeros, los del comisario, no los de la gabardina, se abrieron de golpe al encontrarse con la cornamenta. Y ahí estaba el medallón, bailando a lo péndulo, colgando del asta.
-¿Qué coño es esto? –preguntó tomando en su mano el curioso objeto.
-Es un medallón, comisario.
-¡Vete a tomar por el culo, Emilio, eso ya lo sé!
Dicho y hecho: Emilio desapareció y, casualmente, también un agente de tráfico
-¡Que me aspen! –exclamó el comisario ante tal volatilización.
Y dicho y hecho: ahí estaba el comisario, como San Andrés, martirizado en una cruz en forma de aspa, junto al ciervo del vehículo rojo anaranjado abrazado al árbol. Después todo fue muy rápido.
-¡Quiero bajar de aquí! –suplico el comisario.
Dicho y hecho. Una vez en tierra firme, el comisario, jadeante inició el conocido juego de las miradas a unos y otros. Agentes de tráfico, agentes forestales, otros agentes, curiosos variopintos, el ciervo reciente y su hembra tras salir de entre los árboles, todos jugando al estúpido juego de mirarse. Pero el comisario no soltaba el medallón, eso no.
-¿Qué alguien me explique qué demonios está sucediendo?
Dicho y hecho: llegó alguien y se puso a darle explicaciones.
-¡Cállese! –le dijo, pues para entonces el cerebro del comisario había dejado de regir correctamente.
Y, sin duda, ese alguien calló.
-Ya sé, ya sé lo que está pasando aquí, malditos. Tratáis de volverme loco –estado que había alcanzado sobradamente-. Sí, eso es, estáis todos contra mí pero no me importa. ¿Sabéis qué?

Oh, oh…

-Nadie podrá conmigo nunca. ¡Qué se vaya todo el mundo a hacer puñetas!

Qué trabajo que fue que hubo que tuvo que hacer la humanidad, qué trabajo. Era que fue para verlo, miles de millones, millones de miles, personas de toda índole, y raza, y credo, y edad, y todo x todo, todo al cuadrado, todo el mundo dale que te dale, haciendo bocamangas. ¡JA, QUÉ DIVERTIDO! ¿Qué quién soy yo? Sí, lo habéis adivinado, ese soy yo.



14 comentarios:

  1. ¿Que se puede opinar de semejante desatino literario?
    Ya sé, no me lo digas, aún conservas el medallón, de otra manera un cerebro normal no podría haber escrito esto. Tampoco me podría haber fascinado como lo logró, me tuvo atado a la lectura sin voluntad de abandonarla, por momentos toqué mi cabeza por si tenía astas grandes, (las mías son pequeñas) hasta miré en ambos lados buscando las miradas, no, claro, estoy solo.
    Ahora descubro el porque de las puñetas, ¡eras tú!, me estoy quedando ciego, ¡Basta!
    Fernando puedo recomendarte un psicólogo o una clínica mental, a lo mejor aún estas a tiempo y te curas, pero debo ser fiel a mi mismo, ¡Me encanta tu locura!
    He disfrutado en esta mañana de domingo tu escrito. Mejor no comento nada.
    Pero eso si, te dejo un gran abrazo de un loco a otro.
    Luis

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    1. Gracias, Moli!
      Bendita nuestra locura, espero que nos dure para siempre.
      Un fuerte abrazo, amigo loco.

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  2. ¡Muy bueno, Fernando!

    Arriesgas en la longitud para invitarnos a leer en este medio, pero -estoy convencido de que- lo haces con la confianza del que sabe que enganchará a su lector con el primer bocado que este le dé al texto.

    Mis aplausos.

    Un abrazo.

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    1. Hola, Pedro!
      En realidad no me planteo la longitud del texto. Es como sale. A veces corto, a veces largo. Sé que este mundillo prefiere algo rápido, y sé que muchos cuando se asoman por aquí y ven tanto párrafo salen despavoridos. Pero las historias mandan, son como son.
      Por eso, muchas gracias por dedicarme tu tiempo, amigo.
      Un abrazo.

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  3. Ahora mismo me hago seguidora de tu blog. ¡Me ha embrujado tu cuento! Un abrazo.

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  4. La culpa de todo lo concurrido ha sido del medallón ya aviso el abuelo de todos los males que traería...

    Un cuento a toda marcha, una imaginación increíble.
    Ha sido un placer

    Abrazo

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    1. Gracias, Soledad.
      Sí, hay que escuchar más a los abuelos...
      El placer es mío.
      Un abrazo.

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  5. Felicidades cuentista!! Un nuevo cuento lleno de locura e imaginación. Me encanta y he pasado un rato muy agradable viajando con tu medallón.

    Un biquiño amigo.

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    1. Gracias, Lúa.
      Siempre se agradece verte por aquí.
      Un biquiño, amiga.

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  6. Fernando:
    Es una historia magnífica, obviamente, contada por el abuelo.
    Contiene tu humor característico, zumbón y dinámico, que logra que la lectura se haga veloz y atrapante.
    Muy bueno.
    Un gran abrazo.

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    1. Gracias, Arturo.
      El tiempo se está convirtiendo en mi peor enemigo y no me permite postear con demasiada frecuencia, por lo que te agradezco especialmente tus palabras.
      Un abrazo, amigo.

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  7. Aquí tenemos un tórrido verano, y esto es una frescura de texto... Excelente, amigo, como para pensar dos veces antes de levantar algo que encontremos... y antes de expresar en voz alta nuestros deseos. Abrazo.

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    1. Y aquí la nieve, el frio viento, los catarros...
      Sí, amigo, cuidado con lo que deseamos que igual se hace realidad.
      Siempre es un placer verte por aquí, Hugo.
      Un abrazo.

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