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martes, 29 de enero de 2013

Spiral, el caracol


Spiral, el caracol

Spiral es muy despistado.
Un día quiso ver el mar,
dejó su casa en cualquier lado
y se fue derecho a nadar.

Durante un buen rato
se entretuvo con un pez.
¡Qué no soy tu plato!,
le dijo una y otra vez.

Regresó del mar, cansado,
y miró tras un arbusto…
¡Su casa había volado!
¡Madre mía, qué disgusto!

Buscó por todo el mundo,
desde Lima hasta Formosa.
Parecía un vagabundo
con aspecto de babosa.

De pronto, sin previo aviso,
le cayó un gran chaparrón.
Era un hombre de pelo liso
que lloraba mogollón.

-Perdí mi barca en la marea,
y nunca más podré pescar.
-Creo que tengo una idea…,
dijo Spiral, sin pestañear.

Se subió en un anzuelo
y el hombre lanzo la caña.
-Qué magnífico señuelo,
y qué tipito, vaya maña.

Desde el fondo de un barranco
Se aproximó un chanquete.
Detrás vino todo el banco:
-¡Caracoles, qué banquete!

Cuando se llenó el cesto
fueron corriendo al mercado.
Escogieron un buen puesto
y vendieron todo el pescado.

En poco tiempo, Spiral,
como experto marinero,
consiguió un gran capital
en su barco, el Col I.

Compró una casa de tortuga
rodeada de faroles,
Se casó con una oruga
y tuvieron orugoles.

domingo, 20 de enero de 2013

El medallón y las puñetas


El medallón y las puñetas



Erase una vez que será, dentro de muchos, muchos años, o puede que no tantos…

La barba blanca se erizó, sobrecogida, como lo estaba el resto de su ser. Observaba a su nieto. El niño, arrodillado, percibía su presencia pero estaba muy ensimismado como para girarse.
-Abuelo, mira lo que he encontrado en el baúl –dijo mostrando un antiguo medallón con un cordón trenzado. ¿Sabes…?
-¡Oh, no! Calla, no hables, no digas nada, nada en absoluto, ni siquiera pienses.
-Es que me gustaría…
-¡SILENCIO!
El alarido rebotó en los tímpanos del pequeño. Hasta sus pecas parecieron brincar sobresaltadas. Entonces miró a su abuelo, con los ojos muy abiertos.
-¿Abuelo, por qué…?
-¿No me has oído? Vamos, hijo, suelta eso inmediatamente. Déjalo dónde estaba. Y no vuelvas a cogerlo jamás, ¿me oyes?
-Jopé, está bien…
-Perdona, hijo, lo siento, te lo explicaré. Verás, lo llaman el medallón de las puñetas. El mundo entero se volvió loco por culpa de ese objeto. Un ser extraño me ayudó a descubrirlo hace muchos, muchos años…

Sí, así fue que se era, hace muchos, muchos años, o puede que más…

El grito, de esos que urgen, voló escaleras arriba. La sonrisa con pocos dientes voló escaleras abajo. Frente al pequeño, un tazón de leche con la telilla del letargo y otras viandas; un reloj que marca las «uf, que tarde es»; una madre impaciente con el ceño arrugado; un padre nervioso imitando el gesto de su esposa. En realidad, la escena se asemejaba a la de cualquier otra mañana. O no.

Porque entonces fue que sucedió…

-¿Qué es eso que llevas colgando del cuello? –preguntó la madre, interceptando a tiempo las palabrotas.
La mirada del niño, que para eso es inmaterial, atravesó el cristal de la ventana, y se detuvo junto a un montón de tierra que, hasta aquel día, formaba parte del jardín. Las miradas de papá y mamá, y viceversa, acompañaron a la mirada del primogénito. Luego las tres miradas comenzaron a cruzarse las unas con las otras, pasando de unos ojos a otros, hasta que una boca se cansó de aquel estúpido ejercicio:
Mecagüenlamar!, ¿qué narices has hecho en el jardín? –exclamó la madre con peor maña esta vez para sujetar la lengua.
-Es un tesoro. Un duende saltarín me dijo donde encontrarlo.
-¿Un qué? ¡Trae eso ahora mismo! –requirió mami con la mano extendida, golpeando rítmicamente el suelo con el pie.

Érase una vez que comenzó el lío…

La madre observó el no más curioso que desgastado objeto y pensó:
-“Menuda porquería”.
Y a continuación pensó:
-“Me gustaría saber qué leches es esto”.
Dicho y hecho. Le hubiera gustado saberlo y ¡vaya si lo supo!, de inmediato, y en su rostro se reflejó la fascinación, mezclada con terror, embeleso, ofuscación y risa nerviosa. Entretanto, padre e hijo, retomaban el estúpido ejercicio de las miradas. Y en la silla que ocupaba su esposo apareció Paul Newman, confuso como es lógico al regresar de sopetón del más allá. Justo cuando el actor quiso decir algo se desintegró y volvió a ocupar la silla el marido. Y, finalmente, la madre pensó:
-“No, no, no, ya no quiero saber lo que es esto”.
Dicho y hecho. Y, de inmediato, dejó de saber lo que una vez supo, y regresó a su rostro el acostumbrado y tranquilizador ceño arrugado, y anunció:
-Ya buscaré la forma de castigarte por lo que le has hecho a mi jardín. Ahora vas a llegar tarde al colegio así que quiero que termines tu desayuno en un “plis-plas”.
Dicho y hecho: plis…, un zumo de melocotón, una manzana, un tazón de leche, dos tostadas con mantequilla y mermelada, …plas.
Y, después, más asombro desmedido, miradas tontas que van y vienen, maravilla, estupefacción, pasmo, pavor, etc. En fin, lo habitual cuando un niño de siete años devora un desayuno copioso en dos segundos.
-Da… da… da… dame eso, ¿quieres? –solicitó el padre a la madre, aunque con muchos más “daes” de los que aparecen escritos-. Será mejor que se lo lleve a Fermín –explicó el hombre, refiriéndose al medallón y a un amigo catedrático.

Y había una vez un lio que se fue complicando…

El cerebro del padre, tras dos horas de conducción (ya que el amigo Fermín, se encontraba en la otra punta del país), comenzó a construir la teoría del “todo ha sido una absurda alucinación, joder”. Y el cerebro lenguaraz envió órdenes al sistema nervioso para que se relajase. Poco después, el padre dio la vuelta, y el cerebro escribió:
-“Menos mal que no le he contado nada a Fermín. Estaría riéndose de mi toda la vida”.
Al poco rato, el cerebro temeroso escondió (que ingenuo) el medallón en alguno de sus reductos y decidió abstraerse en la circulación. Y ahí estaba, justo delante, el pequeño automóvil de color rojo anaranjado con su marcha parsimoniosa. El padre, convertido entonces en el clásico conductor intransigente, comenzó a mascullar:
-¡Vamos, hombre, písale más! ¡Ojalá fueras un ciervo, seguro que conducirías con más alegría…! ¡Dios mío! ¿Qué hace ese loco?
El padre descendió del automóvil después de que se hubo detenido, acertando por fortuna el orden de acciones. Y detenido, sin duda, estaba también el coche rojo anaranjado, abrazando con su chapa el tronco de un árbol enorme. –No puede ser, no puede ser… -murmuraba el padre a medida que se acercaba.
Pero sí que podía ser y fue. Por encima del airbag sobresalían los enormes cuernos que terminaban fuera del parabrisas. El padre sacó el medallón del bolsillo y lo colgó de una de las ramificaciones de aquella magnífica cornamenta. ¿Por qué hizo eso? Nadie lo sabe. Y, justo en el momento de soltar el medallón, el padre desapareció. Nunca se sabe lo que a uno le puede pasar por la cabeza cuando ve a un ciervo que se ha estrellado con su vehículo contra un árbol. Sea como fuere, otro ciervo, recién aparecido y confundido (no es para menos) por su nueva condición, se adentró con brío en el bosque en busca de su hembra.

Mas fue que gordo fue lo que sucedió…

La gabardina gris se arrebujó en el asiento del copiloto. En su interior, el hombre sin pelo, sin escrúpulos y sin sentido del humor, estaba a punto de quedarse sin desayuno:
-¡Joder, qué frío! Vamos a la Tasquita, Emilio, necesito un caf… ¡Mierda, el móvil! Aquí el comisario Torres… ¿Un accidente en la carretera comarcal? Pues que vayan los de tráfico… Ah, que nos han llamado ellos, joder… Ya… Sí, sí, conozco el lugar. Nos queda de camino, sí. Está bien, ya vamos para allá. Pon la sirena, Emilio. ¡Cagüentó!.
Algunos minutos más tarde:
-¡Miré, comisario, son agentes forestales!
-¿Qué demonios…? Vamos, Emilio.
La gabardina gris se abrió hacia un lado dejando ver una placa de identificación policial.
-Buenos días, comisario
-Serán para usted. Bien, ¿qué tenemos?
-Será mejor que lo vea usted mismo.
La gabardina gris se acercó al vehículo rojo anaranjado abrazado al árbol. Sus ojos lastimeros, los del comisario, no los de la gabardina, se abrieron de golpe al encontrarse con la cornamenta. Y ahí estaba el medallón, bailando a lo péndulo, colgando del asta.
-¿Qué coño es esto? –preguntó tomando en su mano el curioso objeto.
-Es un medallón, comisario.
-¡Vete a tomar por el culo, Emilio, eso ya lo sé!
Dicho y hecho: Emilio desapareció y, casualmente, también un agente de tráfico
-¡Que me aspen! –exclamó el comisario ante tal volatilización.
Y dicho y hecho: ahí estaba el comisario, como San Andrés, martirizado en una cruz en forma de aspa, junto al ciervo del vehículo rojo anaranjado abrazado al árbol. Después todo fue muy rápido.
-¡Quiero bajar de aquí! –suplico el comisario.
Dicho y hecho. Una vez en tierra firme, el comisario, jadeante inició el conocido juego de las miradas a unos y otros. Agentes de tráfico, agentes forestales, otros agentes, curiosos variopintos, el ciervo reciente y su hembra tras salir de entre los árboles, todos jugando al estúpido juego de mirarse. Pero el comisario no soltaba el medallón, eso no.
-¿Qué alguien me explique qué demonios está sucediendo?
Dicho y hecho: llegó alguien y se puso a darle explicaciones.
-¡Cállese! –le dijo, pues para entonces el cerebro del comisario había dejado de regir correctamente.
Y, sin duda, ese alguien calló.
-Ya sé, ya sé lo que está pasando aquí, malditos. Tratáis de volverme loco –estado que había alcanzado sobradamente-. Sí, eso es, estáis todos contra mí pero no me importa. ¿Sabéis qué?

Oh, oh…

-Nadie podrá conmigo nunca. ¡Qué se vaya todo el mundo a hacer puñetas!

Qué trabajo que fue que hubo que tuvo que hacer la humanidad, qué trabajo. Era que fue para verlo, miles de millones, millones de miles, personas de toda índole, y raza, y credo, y edad, y todo x todo, todo al cuadrado, todo el mundo dale que te dale, haciendo bocamangas. ¡JA, QUÉ DIVERTIDO! ¿Qué quién soy yo? Sí, lo habéis adivinado, ese soy yo.