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jueves, 11 de octubre de 2012

La encrucijada



 
La encrucijada

-¡Esto es un ultraje!
-Por favor, señor Kuffersteinge, se lo ruego, suba al vehículo.
No podía creer que le estuviesen secuestrando. Los dos gigantes, pese a todo, se mostraban muy amables con él, incluso parecían cariñosos. El frio cuero de la tapicería no ayudó a calmar sus ánimos. Las manos del cirujano no dejaban de frotarse mutuamente, mientras sus ojos se clavaban en la oscura mampara que ocultaba la parte delantera del automóvil, y en la que, se vio con horror reflejado, sentado en medio de aquellos dos jayanes.
-Le recomiendo que se relaje y se ponga cómodo, señor Kuffersteinge, nos espera un largo viaje.
-Un largo viaje ¿a dónde?
-Lo lamento, señor, no estoy autorizado para facilitarle esa información.
-Comprendo… Por lo tanto, imagino que tampoco estará autorizado para decirme quien está detrás de toda esta absurda operación y qué es lo que quieren de mí, ¿no es…?
Sus palabras se vieron de pronto interrumpidas: la mampara comenzó a descender dejando al descubierto a una atractiva conductora concentrada en la circulación y, junto a ella, a un hombre de escaso pelo gris que giró su cabeza hacia atrás con cierta dificultad.
-No, él no está autorizado, pero yo sí lo estoy, doctor.
-¿Quién es usted…?
-Vaya, que decepción, confiaba en que me reconocerías enseguida. Es lógico, los años no perdonan, ¿verdad, Hansie? ¿Cuánto tiempo ha pasado…?
-Treinta años, Thomas, maldito loco –contestó negando con la cabeza. A lo largo de su vida, y a excepción de su madre, solamente había conocido a una persona que le llamara así.
-¡Treinta años! El tiempo se ha portado bien contigo, Hansie, tienes buen aspecto –sus palabras se adornaban con una amplia y sincera sonrisa.
-Sin embargo tú estás hecho una piltrafa, amigo. Aunque, teniendo en cuenta que te considerábamos muerto…
-Duerme un poco, ya hablaremos –se limitó a decir. Thomas Linus volvió a sonreír amablemente, giró su cabeza hacia delante, de nuevo con dificultad, y accionó el botón de la mampara que se cerró por completo en pocos segundos.

-Señor, señor Kuffersteinge, despierte, por favor. Ya estamos llegando.
-¿Qué…? –el cirujano se había despertado un tanto desubicado.
-¡Vamos, Hansie, arriba dormilón! –le gritó Thomas Linus por encima de la mampara antes de que terminara de abrirse.
El vehículo se detuvo un instante. Frente a ellos, una inmensa verja metálica se desplazaba lentamente hacia la izquierda permitiéndoles continuar el paso.
Hans Kuffersteinge se quedó mirando el logotipo de la conocida firma de productos electrónicos en el letrero que coronaba el tejado de un antiguo edificio de piedra gris.
-¿Me habéis traído hasta aquí para venderme un televisor de plasma?
-Magnífica tapadera, ¿no crees, Hansie? Nunca pensé que el disfraz para ocultar mi verdadera actividad pudiera llegar a crecer tanto. De hecho, lo que ves es tan solo la antigua fábrica. Las nuevas instalaciones son catorce veces más grandes. Y no, viejo amigo, no estás aquí para comprar nada. Dentro de muy poco conocerás el auténtico motivo de tu presencia y qué es lo que hacemos aquí. Va a ser realmente sorprendente.
-Estoy seguro de ello.
Se había aseado y cambiado con la ropa de su talla que habían dispuesto para él. Sobre una mesa victoriana le habían servido una surtida y suculenta cena. Hans Kuffersteinge se limitó a comer algo de fruta. En todo momento el trato y el servicio fueron exquisitos. Llamarón a la puerta.
-¡Voy enseguida! –miró detenidamente la foto de su esposa, la guardó en el bolsillo de su chaqueta y salió de la habitación. Fuera, en el pasillo le esperaba la joven atractiva que pocas horas antes conducía el automóvil en el que había llegado hasta allí.
Atravesaron gran parte del edificio que en nada se parecía a una vieja fábrica. La decoración tan esmerada de aquel lugar se asemejaba si acaso a un hotel de cinco estrellas.
-Por aquí, doctor, si es tan amable –la joven le señaló una gran puerta de doble hoja. Del otro lado ya se podía sentir el rumor de las voces.
-Gracias –reverenció Hans Kuffersteinge y se adentró en un amplio salón en cuyo centro destacaba una alargada mesa de reuniones ocupada por al menos una docena de personas, cuyos rostros, en su mayoría, le resultaron de inmediato familiares. Todos permanecían expectantes a su reacción-. Buenas noches. Supongo que ya estamos todos –dijo el cirujano finalmente, y ocupó el asiento que quedaba libre.
-Buenas noches y bienvenido, doctor Kuffersteinge –saludó Thomas Linus que permanecía de pie junto a la pantalla de un proyector.
-Es un honor poder estar sentado a su lado, doctor Kuffersteinge –le dijo en voz baja, con marcado acento ruso, el anciano de diminutos anteojos que tenía a su derecha.
-Oh, por favor, el honor es todo mío, profesor…
Las luces se apagaron de pronto y un potente proyector reflejó su luz en la pantalla. Thomas Linus comenzó a hablar mientras caminaba alrededor de la mesa apoyándose en un bastón:
-Damas y caballeros, deseo, en primer lugar, transmitirles mis disculpas por el modo tan poco ortodoxo con el que se les ha convocado a esta reunión. Podría extenderme en las explicaciones pero estoy convencido de que ustedes mismos las consideraran innecesarias cuando conozcan mi secreto –esperó unos segundos para analizar las reacciones de los reunidos-. Así es amigos, están aquí para conocer un secreto.

Thomas Linus fue presentando, uno por uno, a todos los asistentes: médicos, biólogos, catedráticos, eminentes científicos e investigadores en su mayoría. Pero también había personas anónimas, abogados o economistas, o simplemente voluntarios sin formación específica, los cuales, en definitiva,  habían dedicado sus esfuerzos y conocimientos para ayudar a las poblaciones de países subdesarrollados.
-Bien, amigos. Ya sabemos todos quienes somos, solamente me queda por hacer una presentación –dejó caer mientras en la pantalla aparecía la imagen de una secuencia genética-. Damas y caballeros –anunciaba- les presento a BAD.RT473. No teman, no voy a perderme en explicaciones científicas, ya que muchos de ustedes no me entenderían –hizo una pausa, permitiendo las risas y comentarios divertidos de algunos asistentes, antes de continuar-. Con su permiso, continuaré. Sabemos que en el lóbulo central –explicaba tamborileándose la frente-, se aloja nuestra querida empatía humana. Y sabemos que la mayor parte de la población mundial porta en las neuronas, de dicho lóbulo central, una molécula energética, un nucleótido, que funciona a las mil maravillas. También sabemos que, lamentablemente, sigue habiendo muchos individuos que parecen no tener activada su empatía. Y lo que no conocíamos hasta hoy era el motivo. Pues bien, el motivo es un nucleótido diferente al del resto de humanos. Y sí, amigos, lo han adivinado, se trata de BAD.RT473. Y no sólo sabemos eso, también hemos descubierto su secuencia genética. Ahí lo tienen –dijo señalando la pantalla con su bastón-, el gen de la maldad.
-Eso… ¡Eso es fantástico, Thomas! –Exclamó Kuffersteinge-. Podrían tratarse o, incluso, curarse las psicopatías y…
-No, Hansie. Me temo que es del todo imposible. Lo hemos intentado durante años. Y hemos averiguado que no existe ninguna posibilidad de cura, ni siquiera de tratamiento.
-Pero, Thomas, igual con más medios…
-Te aseguro que hemos empleado todos los recursos conocidos en este planeta –miró muy serio a Kuffersteinge y luego se dirigió a todo el grupo-. Deben creerme, no existe cura. Si alguno de ustedes precisa una explicación más científica, o incluso acceso a toda la documentación, mi equipo se encargará de mostrársela muy gustosamente.
-¿Y qué sucedería si tan solo se eliminara? –preguntó alguien.
-Excelente pregunta, excelente. Verán, eliminar el BAD.RT473 afectaría directamente a todo el cerebro –explicó Linus.
-¿De qué forma? –preguntó otro. Los asistentes comenzaban a entusiasmarse con aquel descubrimiento.
-Apaga el cerebro inmediata y definitivamente. Como el interruptor de una lámpara.
Cundió cierto desánimo entre todos.
-¿Cómo lo sabe? Quiero decir, ¿qué experimentos ha realizado para estar seguro de eso?
-Prefiero no tener que contestar a esa pregunta.
No tardaron en surgir las protestas. Linus levantó una mano para tratar de serenarles.
-Al menos, dinos como lo haces, Thomas –pidió Kuffersteinge.
-Es un gas, muy volátil, inodoro, incoloro e inofensivo para los humanos… empáticos, digamos. Basta con destapar un frasco de 50 ml para acabar con todos los BAD.RT473 en una ciudad de un millón de habitantes.
-Pero, está usted hablando de matar a personas –dijo el anciano de pequeños anteojos.
-¿Personas? Sí, bueno, yo hablo de pederastas, de violadores, de traficantes de personas, drogas, o armas. Hablo de dictadores, de asesinos. Hablo de corrupción, de terribles desigualdades, de guerras, de especulación con alimentos, de hambre. Hablo de dolor, demasiado dolor. Ustedes conocen, mejor y más de cerca que yo, el calibre de la crueldad humana. Ahora también saben que el protagonista de toda esa barbarie es BAD.RT473.
Los unos comenzaron a mirar a los otros. De pronto, alguien preguntó:
-¿Y cómo puede estar seguro de que es inofensivo para el resto de personas?
-Lo estoy…
-Necesito algo más que sus palabras, señor Linus.
-Claro lo comprendo –dijo y sacó un pequeño frasco de su bolsillo.
-¡No! ¡Deténgase!
-No se alarmen, amigos. Son mis pastillas para el corazón. Además, ya llevamos más de una hora respirando el gas en esta estancia –sonrió y señalo los conductos de aire acondicionado-. Tranquilos, me costa que el alma de todos los presentes goza de buena salud.
-¿Alma? ¡Alma! Un momento, Thomas, un momento, ¿estás diciendo que has traído a un grupo representativo de la gente buena del planeta?
-Sí, Hansie, algo así, sí.
-¡Esto es absurdo, es una majadería! ¡Realmente has perdido el juicio, Thomas! ¡Estás jugando a ser Dios y te has querido rodear de tus propios apóstoles! –Hans Kuffersteinge, de pie, gritaba sin dejar de golpear con su puño sobre la mesa.
-Míralo como quieras. Puedes irte si así lo deseas. Además, ya no es mi problema.
-¿Cómo te atreves a decir que no es problema tuyo?
-Porque me muero, Hansie. Me quedan apenas unos días, quizá solamente unas horas. Mi corazón tiene ansias de partir, y me temo que yo me iré con él.
-¡Maldito seas, Thomas!
-Lo siento –miró a Kuffersteinge y luego al resto-. Ahora ya conocen mi secreto. Pronto lo descubrirá el resto de mundo. ¿Qué mundo? Eso depende de ustedes. En un bolsillo de la chaqueta que se les ha proporcionado tienen la receta para fabricar el gas. Una fórmula tan sencilla que hasta un niño de tres años podría hacerlo.
-Pero, señor Linus, nosotros… nosotros, ¿qué quiere que hagamos?
-Sólo se me ocurren tres opciones posibles. Mi equipo aceptará lo que en esta mesa se decida, y les ayudará con todos los medios precisos para llevar a cabo su decisión.
-¿Qué tres opciones son esas? –preguntó alguien con cierta inquietud.
Thomas Linus se sentó en una butaca y apoyó sus dos manos en el bastón.
-Pueden destruir la fórmula, guardar el secreto, y tratar de seguir viviendo, sabiendo que podrían haber evitado cada nueva guerra, o cada nuevo niño que muere de hambre en el mundo.
Linus hizo una pausa. Nadie intervino.
-Quizá decidan hacer pública la fórmula, pero deben saber que el camino para destruir los nucleótidos «malos» daría muchas pistas para la elaboración de otro tipo de gases...
-¿Y la tercera? –pregunto Kuffersteinge, muy serio.
Thomas Linus se puso de pie y sonrió levemente.
-La tercera opción es viajar por todo el mundo e intentar cambiarlo para siempre.
Reinó el silencio y la desolación entre todos los reunidos.
-Sea lo que sea, espero que decidan con el corazón. Yo he de irme ya, amigos. Ah, por favor, no tarden demasiado, pronto darán con su paradero. Gracias, amigos.
Thomas Linus abandonó la estancia. Kuffersteinge siguió sus pasos con la mirada. Después miró alrededor de la mesa:
-¿Qué vamos a hacer?

***

14 comentarios:

  1. Fantástico!!!! que haría yo, no se pero me imagino que tendría que pensarlo muchas veces, porque si lo hago yo también tendría el BAD-RT porque sería una asesina, si no lo hago igualmente el mundo continuaría igual.
    Gracias por permitirme pensar, sobre todo en otra cosa.

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    1. Gracias a ti, Ana. De eso se trataba de hacer pensar.
      Un abrazo!

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  2. Encrucijada es el título perfecto, terrible responsabilidad para cualquiera.
    Ser o no ser, yo le preguntaría a Hitler.
    Muy bueno amigo, nos atrapaste con el relato para luego dejarnos pensando.
    Un fuerte abrazo.

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  3. Muy bueno! Sí que nos has atrapado... ¿No hay más?¿Me pasas el capítulo II?

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    1. En principio no hay más... ¿Te quedaste con hambre?
      Un beso, amiga.

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  4. Tal vez la coexistencia del bien y el mal sea lo que da sentido a la vida en este mundo. ¿Quién sería juez? ¿Quién tiraría la primera piedra?

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    1. Es muy posible que tengas razón. Sin los malos no existen los buenos.
      Qué difíciles cuestiones.
      Un abrazo, Hugo, y gracias.

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  5. ¿Y si hubiera otra fórmula? Una tercera vía. Algo que tuviera que ver con transformar ese monstruo biológico, sin hacerlo desaparecer. Una propuesta antigua, pero no por ello inoportuna o ineficaz. Una solución que requiere también de la inestimable ayuda de los asistentes a la reunión de la historia que nos propone el cuentista. ¡¡¡LA EDUCACIÓN!!!
    Un abrazo a tod@S

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    1. Eso sería muy lindo, lo ideal, pero sería otra historia. Ya no habría conflicto, ya no sería una encrucijada, y no se pondría a nadie en un aprieto.
      Un besote.

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  6. Me he quedado sin palabras, es una historia de esas que te hacen pensar. Difícil decisión, yo no podría tomarla. Creo que todos somos importantes para el perfecto equilibrio del universo...no sé. Lo que sí sé es que me encantó, fantástico cuentista. Enhorabuena amigo, nos has sorprendido una vez más.

    Un biquiño

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    1. Muchas gracias, Lúa.
      Siempre es un placer tenerte por aquí.
      Un biquiño.

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  7. Una maravilla de relato nos deja reflexionando.

    un saludo

    fus

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