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jueves, 31 de mayo de 2012

Nandi en el hospital


NANDI
EN EL HOSPITAL



-Pobre cerdito, me da tanta pena matarte… ¡Ya sé!, romperé el cerdito de papá qué seguro que además tiene más dinero. Jo, que listo soy. ¡Mamá, mamá!
-Ay, hijo, déjame un rato tranquila, ¿quieres? Que está terminando la telenovela y...
-¡Mamá, mamá!
-¿QUÉ?
-¿Puedo romper el cerdito?
-¿Eh…? ¿Para qué?
-Para contar mi dinero.
-¿Contar…? Oye, ni se te ocurra acercarte por Pet Mascotas. Ya sabes que tienes terminantemente prohibido tener animales.
-Que no, mamá, que no es por eso…
-Entonces, ¿para qué quieres romper la hucha?
-Pues para ver cuánto dinero tengo ya.
-Pero, ¿para q…? Ay, mira, haz lo que te de la real gana. Con tal de que me dejes…
-¡Vale, gracias, mamá!
-De nada. De todas formas, el pobre infeliz debe tener cuatro céntimos… ¡Mierda, se terminó la telenovela y no me he enterado del final!

-¡Hola, Herminio!
-¡Ay, Señor!, hola, Nandi. Oye, ya sabes que no…
-Que no se tocan los animales… Ya lo sé, hombre. Vengo a comprar…
-¡Ja! No te lo crees ni tú. Si te vendo un solo bicho, tu madre me mata…
-¡Don Herminio, al teléfono, dicen que es urgente!
-Voy, Carlos.
-¿Quién es Carlos?
-¿Y a ti qué te imp…? Uf, Carlos es mi nuevo empleado, pequeño cotilla. Ah, mira, aquí está, Carlos.
-Creo que son los que nos trajeron las falsas coral, don Herminio.
-Está bien, voy a ver qué quieren. Carlos, quédate tú mientras en el mostrador. Y vigila a este mico.
-Sí, señor. ¡Hola, chaval!
-¡Hola, Carlos!
-¡Anda, sí ya sabes cómo me llamo! Bueno, ¿cómo te llamas tú? ¿Y qué haces por aquí?
-Me llamo Nandi, ¿no te suena mi nombre?
-No.
-Y, ¿no conoces a mi madre, doña Angelines?
-Pues no.
-¡Qué bien! Digo…, que ven…, que vengo a comprar un nuevo Roque.
-¿Roques? Creo que no tenemos de eso…
-¡Qué risa! No se entera de nada. ¿La falsa coral hace ruido?
-No, ninguno.
-Pues quiero una.
-¿Y de dónde piensas sacar el dineral que cuesta, amiguito?
-¿Te vale con esto?
-¡Joder! Vale, vale, es suficiente. Te voy a explicar algunas cosas sobre estos animales.
-Bah, seguro que está chupado.

-¿Lo tienes claro, chaval?
-Que sí, Carlos, que sí. Uy, ya viene Herminio. Bueno, me voy.
-¡Adiós, Nandi! Qué chaval tan curioso…
-¡Joder, la madre que los parió!
-¿Qué pasa, don Herminio?
-Estos desgraciados nos trajeron serpientes de coral comunes, creyendo que eran falsas coral.
-¿Y?
-¿No lo entiendes? La coral común es una de las serpientes más venenosas que existen, Carlos, que no te enteras. Menos mal que aún no hemos vendido ninguna… ¿Por qué te pones tan rojo, Carlos? ¿Qué sucede?

-¿De dónde vienes, Nandi?, si puede saberse. Se suponía que bajabas un ratito al parque.
-Es que…
-Déjate de esques, anda, y tira, no te quites el abrigo que tenemos que irnos al hospital.
-¿Al hospital?
-Sí, a ver a mi primo Enrique que está pachucho y… ¡Anda!, y ahora se pone a sonar el teléfono, pues no pienso contestar. Ya volverán a llamar. Venga, Nandi.

-Vamos, doña Angelines. Vamos, vamos, conteste… Mierda, no lo coge. ¿Cómo se te ocurre, Carlos? ¿Cómo se te ocurre venderle la serpiente al crío?
-Y yo qué sé, don Herminio. Usted siempre me ha dicho que lo primero es la venta, sea como sea y a quién sea. Déjeme que vea qué dice Wikipedia…
-¿Güiqui qué?
-Es una enciclopedia, hombre. Aquí está…, dice que la serpiente de coral es una de las más venenosas…
-¡Ay, Señor, ya te lo dije!
-Bueno, hombre, espere… Dice también que la mordedura no es dolorosa ni provoca hinchazón en la zona afectada.
-Ah, bueno, mira, eso parece bueno... ¿Qué más, qué más?
-Bueno… es que añade que si no se aplica un antídoto, la neurotóxica comenzará a perturbar las conexiones entre el cerebro y los músculos, provocando dificultades en el habla, visión doble y parálisis muscular y, en último término, paro respiratorio y cardíaco.
-Doña Angelines me va a matar…

-¿Nandi, hijo, qué narices te pasa, te estás meando?
-No, no…
-Pues deja de tocarte ya por todas partes que me estás poniendo nerviosa. Parece que se te haya metido una culebra por los pantalones… No sé qué te hace tanta gracia. Bueno, a ver si es posible que seas bueno por una vez. A partir de aquí no pueden pasar los niños, así que te vas a quedar en esa sala de espera. Yo tardaré un buen rato. ¡Pórtate bien!
-Que sí, mamá, no te preocupes.
-Está bien, adiós.
-Ya se ha ido mamá. Ya puedes salir, Roque. Que gracioso eres, no paras de sacarme la lengua. Dice Carlos que comes ratoncitos, y eso está muy mal, ¿eh? Aunque yo creo que es porque nunca has probado las chocolatinas. ¡Eso es, vamos a comprar chocolatinas!

-Nos meteremos en ese cuarto a comernos las chocolatinas. ¿Qué pasa, Roque, no te gustan?
-Juan, mira a ver por qué está abierta esa puerta.
-Sí, jefe.
-Oh, oh, viene alguien. Corre, corre, Roque, escóndete en este armario. Jo, qué risa, me troncho, si tú no puedes correr. No te preocupes, que yo te cojo…  ¡Ay! Qué malo eres, Roque, me has mordido. Te voy a meter en el armario y luego hablamos. Jo, como me duele la mano…
-¡Eh, tú, pequeñajo! ¿Qué diablos estás haciendo en el cuarto de contadores? ¡Eh, no te escabullas…! Será posible…
-¡Jefe, jefe!
-¿Qué pasa, Juan?
-Mire, ese niño ha debido hurgar en el cuadro general, se oye un chisporroteo.
-Apártate, Juan. A ver… ¡Dios mío, hay un cortocircuito! Pero, ¿qué es lo que lo provoca? ¿Una serpiente?
-La quitare de ahí…
-¿Pero que haces inconsciente? ¡No toques ahí, aparta! ¡Ah!
-¡Adiós, como se está tostando este hombre! ¿Jefe, le duele algo? ¿Jefe…? Madre mía, que de chispas… Aguante, jefe, que voy a echarle un cubo de agua para apagarlo. ¡Ahí va… hala! Ahora sí que hay chispas… Bueno… y encima se va la luz. ¿Jefe, jefe…?

-¡Vamos, vamos, dejen paso!
-¡Espera tu turno, macho!
-¡Pero, hombre no te das cuenta de que es urgente, que llevo a este hombre con la tripa abierta! Además, tú llevas fiambres. Esos ya no tienen prisa.
-Sí, sí, como no los llevemos pronto a una cámara frigorífica, vas a ver como corréis todos.
-¿Nandi, hijo, dónde estás?
-¡Señora, no empuje!
-Es que estoy buscando a un niño…
-Los de pediatría fueron los primeros desalojados, señora.
-¡Dejadme! ¡Prioridad, prioridad! ¡Llevo un electrocutado!
-¡Eh, tú, ponte a la cola…! ¡Coño! ¿Qué le cuelga a ese de la mano?
-Una serpiente. No preguntes. No sé cómo diablos llegó ahí. Y, venga, dejarme pasar que este hombre se muere.
-¿Y qué te crees que le pasa al espasmódico de esta camilla? ¿Qué está bailando?
-¡Nandi, Nandi!
-¡Señora, no moleste! ¡A ver, el de la linterna, que alumbre por aquí! ¡Niño, bájate de la camilla, por Dios, que esta anciana está recién operada! Tranquila, señora, la llevaremos a otro hospital y allí... ¡Niñó, cuidaddo, bájate por el otro lado!
-¡Ay, ay, ay!
-¡Nandi!
-¡Mamá…!
-¡Nandi, hijo! ¿Qué te pasa? ¡Un médico, por amor de Dios, un médico!
-¡A ver, ahí delante, desalojen!
-¡Otro con prisas! Espera, hombre, que se ha desmayado un crío… ¡Oh, oh, mi espasmódico ya no se menea…!
-¡A ver, los de delante, mover el culo, que ya no caben más camillas en los pasillos!
-¡Un médico, un médico! ¡Nandi, Nandi, reacciona…!


-Entonces, doctor…
-No se preocupe, doña Angelines, es un simple empacho de chocolatinas. Que haga un poco de dieta durante unos días.
-¿Y las picaduras de la mano?
-Habría que decir mordedura para ser más correcto. Y parece de serpiente…
-¡Serpiente!
-Sí, le hemos hecho pruebas y no le ha afectado de ninguna manera. Es un hecho insólito, alguna culebrilla inofensiva, supongo. En fin, no le de importancia.
-Gracias, doctor. Adiós. ¡Nandi, no corras! ¡Verás cuando lleguemos a casa!

-Don Herminio, al teléfono, son los de las serpientes, que dicen que no, que no se habían confundido, que estemos tranquilos, que son de la especie falsa coral auténtica, o sea falsa- falsa… Jo, qué lio… En fin, que no hay peligro, que todo ha sido un malentendido…

FIN (el de Roque, electrocutado; el del jefe del último trabajo de Juan, por idéntico motivo; el del paciente con la tripa abierta; el del espasmódico; el de los puntos de la anciana recién operada; y el del estado de congelación de los fiambres y, consecuentemente, del aire respirable por el que pasaron los cientos de desalojados).

miércoles, 30 de mayo de 2012

Autocrítica


AUTOCRÍTICA

Posiblemente esto sea innecesario, pero allá va.

En relación al último cuento, “¿Inteligencia? Artificial”, y tras la lectura de los comentarios, me he dado cuenta de que, en mi obsesión por sorprender, a veces, escondo demasiado la verdadera trama de la historia, el mensaje. Es como si dibujara caras falsas que ocultan su verdadero sentimiento. Parece que te sonríen pero... no lo hacen. Sí, en ocasiones, puede que me pase enmascarando el texto.

También me sucede que no me paro a pensar que en este mundo de los blogs, que ya voy conociendo tras cinco meses, vamos todos corriendo de un lado para otro, y no nos sobra el tiempo.

Es por ello que debería tratar de ser más evidente escribiendo, para facilitaros las cosas, amigos de la guarida. Pero, lo siento, yo no sé hacer eso. Soy complicado. A menudo se me vierten las ideas y salen cosas raritas y retorcidillas... ¿Qué le voy a hacer?

En definitiva, amigos, os pido que leáis de nuevo este cuento, más detenidamente. Aunque os advierto que quizá la segunda lectura, más pausada, no os guste; es muy probable que ya no os haga reír, lo que, por otra parte, fue mi pretensión original.

Gracias, camaradas.

Un fuerte abrazo.

El cuentista

(Ah, por cierto, os dejo una foto de un dispositivo de entretenimiento orgánico humano, para facilitaros las cosas).




domingo, 27 de mayo de 2012

¿Inteligencia? artificial.






-Bip. Bip. Bip. Biiip.
-¿Qué te ocurre, unidad infantil V12?
-Bip. Experimento sensación de tristeza profunda, unidad materna R70. Bip. Bip. Biiip
-Recibido. Acudo a tu encuentro. ¡Unidad domótica central, solicitud de acceso a dependencias de unidad infantil V12!
-¡Ac-ce-so per-mi-ti-do!
-Explorando habitáculo. Unidad infantil V12 detectada. Comprobando posibles averías en estructura externa. Examen positivo: no existen daños estructurales.
-Bip. Bip. Biiip.
-Efectuando revisión completa de circuitos internos. Examen positivo: circuitos en perfecto estado operativo.
-Bip. Bip. Biiip.
-¿Por qué has activado la alarma en tu módulo de comunicación, unidad infantil V12?
-Bip. Bip. Bip. Porque mi dispositivo de entretenimiento se ha descompuesto. Bip. Bip. Biiip.
-Procediendo a localizar dispositivo de entretenimiento en dependencia de estudio. Registro negativo. Explorando compartimento de lubrificación. Registro negativo. Inspeccionando cabina de recarga. Registro positivo: dispositivo de entretenimiento detectado. Estudiando daños en estructura externa. Dispositivo irreparable.
-Bip. Bip. Biiip.
-Detén tu módulo de comunicación, unidad infantil V12, puede ocasionar errores en mi procesador de conducta. Mis reservas de energía están sólo al 5% de su capacidad. Deberás preparar informe de análisis completo a tu unidad paterna F69 cuando regrese. Alguno de los operadores de tu ordenador central deben presentar algún error de programación: es el tercer dispositivo de entretenimiento orgánico humano que descompones en tres soles.
-Bip. Bip. Bip. Biiiuuuuhhh…
-Unidad infantil V12 desconectada. Reiniciando encendido de unidad infantil V12.

martes, 15 de mayo de 2012

Las lágrimas del canal



Las lágrimas del canal


  
(Por una vez, la imagen no fue tomada prestada de la web. Es de un servidor)


Abro los ojos. No sé cuánto tiempo llevo dormido. Me duele mucho la cabeza. Estoy empapado en sudor. La habitación es grande pero apenas puedo distinguir nada: la penumbra lo ha invadido todo. No sé qué hora es. Corro la gruesa cortina y penetra una luz intensa. Parpadeo hasta adaptarme a tanta claridad. A través de la ventana puedo ver una hermosa ciudad inundada. No sé dónde estoy. Me retiro asustado del alféizar. Mi rostro se refleja en un ostentoso espejo de bronce. No sé quién soy.

Me siento frente a un escritorio muy elegante. Observo, frente mí, una pluma desgastada y un tintero casi vacío. Y hay un pequeño montón de cuartillas manuscritas. Qué raro, reconozco mi letra en esos papeles aunque no soy capaz de recordar nada más. Comienzo a leer algunos párrafos:

“Soy una niña de trece años. Mi nombre es lo de menos. Nací en la parte más denostada y sucia de la ciudad, donde la noche se reconforta en los callejones y deja atrás su oscuridad, arrastrada por el agua de los estrechos canales…”

“…y siempre olía a humedad, a cloaca, a pescado, a inmundicia. La pestilencia formó parte de nuestras vidas desde que tengo uso de razón pero solamente era consciente de ello cuando lo sugería el rostro constreñido de algún burgués extraviado. Por eso mi madre compraba el jabón, incluso cuando casi no teníamos que comer. También, a veces, se fabricaba ella misma un perfume con especias y con los pétalos de las flores que yo misma le llevaba. Me tuvo en el ocaso de su fecundidad, razón por la cual yo tenía una madre tan vieja.…”

“…en la diminuta habitación en la que vivíamos. Salí por el balcón, como hacía últimamente para evitar al casero, un montañés sucio y licencioso, que lanzaba constantes insinuaciones a mi madre para cobrarse conmigo las deudas de alquiler. Salté al balcón de enfrente que, para acceder directamente al callejón, disponía de una escalerilla; era de travesaños muy endebles pero capaces de soportar el peso de una niña escuálida como era yo…”

“…ir allí porque en el mercado de flores fue donde supe que eran la belleza y la fragancia. Salí del callejón y encontré a mi madre donde esperaba, junto a la taberna que servía de abrevadero para las almas perdidas. Fue la última vez que la vi. Mi madre, como las demás proveedoras de alivios, se afanaba en captar el primer cliente del día. Mi ágil figura le llamó la atención de inmediato, saltando por encima de las barquichuelas para cruzar hasta la fondamenta del otro lado. Mi madre temía que yo volviera a escabullirme y empezó a seguirme, pero sólo con la mirada, pues no podía permitirse el lujo de dejar su puesto: madrugaba mucho para ser la primera, la mejor situada junto al embarcadero de la taberna. Los primeros pescadores que regresaban del mercado del Gran Canal eran los que antes habían vendido su pescado y, por ende, los que traían la bolsa más cargada, tan cargada como la voluntad para gastarla…”

“…en un laberinto de puentecillos y callejuelas que creía ser capaz de recorrerlo con los ojos cerrados, tan sólo guiada por el olfato. Y traté de hacerlo, pero mi olfato no distinguió la fetidez de aquel hombre del hedor del resto de la calle. Así, mi rostro terminó golpeando su camisola mugrienta. El hombre me tomó por los hombros, zarandeándome con brusquedad. Le grité, le maldije con rabia y le propiné un fuerte puntapié en la espinilla para que me soltara. El me miró fijamente y me sonrió sin pudor. Y recordé las palabras de mi madre –cuando te miren de esa manera debes correr con todas tus fuerzas-…”

“…y paré un segundo para descansar. La callejuela era tan estrecha que los tejados se solapaban, creando un túnel angosto y oscuro, y muy silencioso. No sabía dónde estaba, no conocía aquella parte de la ciudad. El imprevisto túnel abocaba a un canal sin apenas tránsito, amparado por edificios de gran belleza. Pero no quedaba tiempo para la contemplación: oía pasos que se aproximaban hacia mí. No había por donde huir ni donde esconderse. Cuando estaba a punto de lanzarme a las aguas corrompidas, me fijé en la extraña embarcación: el perfecto escondite. Sin embargo el acceso para bajar al amarre estaba protegido con rejas y una cancela que me fue imposible abrir. Los pasos seguían aproximándose. Intenté descender agarrada a una vieja columna de madera que se perdía en la profundidad del canal. El musgo me hizo resbalar y fui cayendo hasta sumergirme en las aguas…”

“…me escondí bajo una lona de arpillera enmohecida que despedía un olor fortísimo y desconocido para mí. Los pasos se alejaron, por fin. Me atreví a asomar la nariz y, súbitamente, tuve que volver a esconderla: una gran puerta azul engalanada con motivos dorados se abrió frente a mí. Un apuesto caballero, vestido con finas ropas, subió a bordo. Soltó la amarra y comenzó a remar. -Puedes salir de ahí –me dijo con naturalidad. Y así lo hice. Dejé mi escondite, atraída por aquél divino ser al igual que la vulgar polilla viaja sin pensar hacia la luz de un farol. Era tan guapo, tan elegante, tan amable. -¿Cómo te llamas? –preguntó él sin que yo fuese aún capaz de articular palabra-. ¿No quieres hablar? Bueno, tranquila, tu nombre es lo de menos –me dijo sonriendo. De hecho, no dejó de sonreírme en ningún momento, incluso al golpearme brutal e inesperadamente en la cabeza…”

“…mientras encadenaba mi cuello. Ahí estaba él, portando un cajón repleto de frascos y de brillantes instrumentos.
–Ya estás de vuelta, lo celebro –me dijo al despertarme. Trataba de moverme pero todos mis miembros estaban sujetos con cadenas.
Le miraba de lado, pues yo me encontraba boca abajo, en un suelo de piedra frio y gris, sobre mi propia orina y mi propio vómito.
–No te preocupes por eso –me decía, al adivinar mis pensamientos-, son los efectos del láudano. Ya empezabas a despertar y no podía golpearte de nuevo sin arriesgarme a matarte, y, de momento, te necesito viva. ¿Qué para qué?, buena pregunta. Te diré algo sobre mi persona. Soy médico, uno muy importante, de hecho el mejor… Pero no de esos cirujanos que tú crees, no, no, no. Soy un médico de la cabeza, para que me entiendas, porque supongo que no has oído hablar nunca de la psiquiatría. Verás, yo estudio cosas como la angustia, la pesadilla, el terror o la capacidad de sufrimiento en los seres humanos, todo ello para encontrar tratamientos eficaces que me proporcionan prestigio y dinero. ¿Ya has comenzado a llorar? Claro, te estás preguntado si voy a matarte… -resolvió y tiró de mi pelo para elevar mi cabeza hacia atrás, y me dedicó una nueva y amable sonrisa-. Pues sí, te mataré pero, descuida, lo haré muy, muy lentamente. Porque no queremos desperdiciar toda la información que me vas a procurar ¿verdad? Ahora descansa, tienes que estar preparada para sufrir todo lo que puedas. Los próximos días serán muy largos, te lo aseguro. Tienes suerte, soy un torturador formidable. Es una profesión fascinante, un arte…”

No hay nada más escrito. El dolor de cabeza aumenta, siento agrietarse mi piel por momentos, mi garganta se reseca, y el estómago me arde. El manuscrito tiembla en mis manos. Toso violentamente, y salpico las cuartillas con mi propia sangre. Entonces oigo una voz dentro de mí; diría que es ella, la niña. Quiere que termine de escribir su historia para que todo el mundo la conozca. No me planteo nada, solamente tomo la pluma desgastada entre mis dedos. Comienzan a llegarme las palabras:

“Muy pronto cesaron mis inútiles gritos suplicantes, después desapareció el dolor físico de mi cuerpo entumecido, paralizado, insensible. Y llegó lo peor, el horror del sonido que aquellas herramientas producían al actuar sobre mis tejidos, el olor de mi propia piel quemada, mientras su voz amable y su sonrisa perpetúa me acompañaban constantemente.
No puedo calcular si fueron horas o días, el tiempo que tardé hasta que decidí abandonar mi cuerpo. Lloré por última vez, y mi alma viajó a través de las lágrimas hasta desembocar en el oscuro canal.
Durante días recorrí las aguas sucias y turbias. Y recorrí el interior de las personas, algunas tan sucias y turbias como las propias aguas. Me introduje en sus mentes, me fusioné con sus almas, me impregne de todo y de todos. He adquirido tantos conocimientos... Aquel que cree conocer la mente humana, no podría ni siquiera imaginar una milésima parte de lo que el cerebro es capaz.
¿Qué por qué? Porque te estaba buscando, ¿sabes?, y no paré hasta encontrarte. Pero me has decepcionado: doblegar tu voluntad ha sido más sencillo de lo que creía. Estás tan vacio… Ahora, mientras escribes lo que te dicto, ya sabes quién soy. Y tú, ¿ya recuerdas quién eres, mi apuesto, amable y sonriente doctor?
He regresado a ti para hacerte el mejor regalo que jamás te han hecho. Provocaré en tu interior un dolor increíble, el tormento más extraordinario que un maestro de la mente y del sufrimiento como tú jamás podría imaginar. La culminación de tu fascinante trabajo.
Muy pronto tu cuerpo quedará paralizado, no podrás gritar, ni siquiera pestañear. Poco después llegará el dolor, un dolor de mil maneras increíbles. Sólo tu mano mantendrá la movilidad suficiente para que puedas escribir lo que sientes. No, no es necesario que me lo agradezcas, tan solo asómate a la ventana para que mi alma pueda regresar a las aguas.
Ahí está mi canal, puedo sentirlo. Sí, sí, ya comienzas a derramar lágrimas. Sí, lo sé, no estás llorando, soy yo que dejo tu ser y me despido de ti para siempre”.

FIN

domingo, 6 de mayo de 2012

La pandillita


 
LA PANDILLITA




HOMBRE 1: Callad, ese hombre está durmiendo. En su interior nacen los sueños. ¡Oh, lindos sueños!
HOMBRE 2: ¡Sí, sí, lindos sueños!
HOMBRE 3: Bah, serán pesadillas.
HOMBRE 4: ¿Nos vamos ya?
HOMBRE 5: Hmm…

HOMBRE 1: Callad, el hombre está meditando. En su interior brota la reflexión. ¡Ah, oportuna reflexión!
HOMBRE 2: ¡Sí, sí, oportuna reflexión!
HOMBRE 3: Bah, será un indeciso.
HOMBRE 4: ¿Nos vamos ya?
HOMBRE 5: Hmm…

HOMBRE 1: Callad, el hombre está pensando. En su interior bulle el talento. ¡Eso es talento!
HOMBRE 2: ¡Sí, sí, eso es talento!
HOMBRE 3: Bah, lo qué yo creo es que está lento.
HOMBRE 4: ¿Nos vamos ya?
HOMBRE 5: Hmm…

HOMBRE 1: Callad, el hombre está recordando. En su interior se afana la nostalgia. Nostalgia…
HOMBRE 2: ¡Sí, sí, nostalgia!
HOMBRE 3: Bah, seguro que es lumbalgia.
HOMBRE 4: ¿Nos vamos ya?
HOMBRE 5: Hmm…

HOMBRE 1: Callad…,
HOMBRE 2: ¡Sí…!
HOMBRE 3: Bah…,
HOMBRE 4: ¿Nos…?
HOMBRE 5: ¡Silencio! ¡Silencio, puñetas! ¡Ya basta! ¡Dejadme hacer de vientre en paz! ¡Entre el listillo empalagoso, el pelota de turno, el negativo de las narices y el meón incontinente, no hay manera de concentrarse!