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viernes, 9 de marzo de 2012

El escaparate


 
El escaparate

 


Camila se encontró de pronto en un callejón umbroso y desangelado. Era todo tan extraño, inexplicable. Camila no podía precisar si acababa de perder la memoria o había recuperado de pronto la consciencia. Quiso apoyar su espalda, y mitigar su miedo, pero las paredes, que parecían tan cercanas, se alejaban a cada paso que daba.

El Sol salió sin más o, quizá, fue que ella abrió sus ojos. En cualquier caso, Camila lo vio, frente a sí, encerrado en un escaparate sin cristales; resplandecido por una inconstante luz azulada. Era un maniquí vestido con un viejo pijama rosa y calcetines desgastados. Lo habían colocado en un sillón de orejas de un color indefinido junto a una mesita auxiliar. Permanecía inmóvil, taciturno; con sus manos prestadas al descanso, sobre su regazo. Camila recogió un pensamiento errante:
-¿Una tienda de decoración?, no debe marchar bien el negocio, que mal gusto, y que desorden.

Camila se sentía sola en el callejón, pero no lo estaba en absoluto. Todos iban y venían. Camila contemplaba sus trayectorias y seguía recogiendo pensamientos.
-Un grupo de hombres vestidos de romanos que van a una fiesta de carnaval -pensó Camila-. Esa guapa presentadora con el rechoncho micrófono amarillo viene a entrevistarme… No, finalmente, pasa de largo y se pierde en la oscuridad del callejón.
Entonces,  el suelo comenzó a rechinar, y un sonido amortiguado la llevó a mirar hacia arriba. Sobre su cabeza pendía el aro que era atravesado una y otra vez por la pelota de color naranja.
-Son tan jóvenes, tan altos, tan fuertes. Pero bien podrían irse a jugar a otra parte, no vayan a lastimarme -pensó Camila y parecieron haberla oído: ya no estaban.

La gente seguía yendo y viniendo, sin embargo, Camila parecía ser la única en advertir aquel extraño escaparate y su aburrido maniquí.
-¡Un momento! –se alarmaba Camila-, las manos del maniquí ya no están en su regazo.
Una mano del maniquí servía de apoyo a la cabeza. La otra calmaba el picor de una pierna. Y Camila recogió un nuevo pensamiento… No, no era un pensamiento, era voces, voces procedentes del escaparate.
-¿Gertru, no vienes a la cama?
-¡Ya voy! –vociferó el maniquí, se levantó del sillón de orejas y tomó de la mesita auxiliar un objeto negro lleno de pequeñas teclas.
Fue lo último que vio Camila antes de desaparecer sin ni siquiera tener tiempo de recoger un último pensamiento.

9 comentarios:

  1. Bien, bien. Interesante, imaginativo. Entiendo que Camila está dentro del televisor, frente al pobre viejo que, control remoto en mano, se demora, haciendo zapping, para no ir a acostarse con la vieja, que debe ser insufrible. 11 puntos de 10, para tí, cuentista.

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    1. Has entendido bien, bueno el maniquí con el pijama rosa (Gertru -de Gertrudis-)es la pobre vieja que se demora para no acostarse con el viejo. (Risas). Gracias, amigo.

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    2. Tienes razón! Pero como ahora, eso de los sexos es indiferente, cada cual se pone el que le gusta...(más risas)

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  2. Muy imaginativo, lo tuve que leer varias veces porque no encontraba al trama, no entendía el lugar de Camila y toda la gente que pasaba.
    Muy bueno, me encantó sobretodo por lo original.

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    1. Gracias, amigo. Te agradezco la lectura y tu amable opinión. Siento ser tan enigmático a veces a la hora de escribir, ya sabes, es como viene y asi lo suelto. Un abrazo, camarada.

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  3. Un interesante y original relato Fernando, muy bien construido y lo más importante con pocas palabras. Algo que cada vez admiro más, ya que yo tiendo a enrollarme cual persiano.

    ¡Buen trabajo, amigo!

    Un abrazo

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    1. Gracias, María José. Tu te enrollas adecuadamente y yo soy parco en palabras por pereza, basicamente. (Risas)
      Cuídate, amiga.

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  4. fernando

    genial cuento!
    breve zapping onírico rutina
    si hablarán?

    gracias por pasar por mis cuentos
    mabel

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    1. Gracias, Mabel, por tu visita y tus comentarios, y gracias por regalarnos tus cuentos.

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