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viernes, 16 de diciembre de 2011

Yo, el cuento

(por Fernando Rubio Pérez)


Hola, me llamo Skátolog, y soy un cuento huérfano, sin escritor. Pero no es para llorar ni nada de eso. Como no tengo quién me escriba, me escribo yo a mi mismo como quiero.
Bueno va, voy a contarme. Hm… Resulta que yo era un cuento de un príncipe que se llamaba Alexander, pero todos le llamaban Laxandter porque siempre estaba que se iba. ¡Ah!, y era en un país lejano y hace mucho, muuuucho tiempo, y todo eso. Y resulta que llega la navidad y se pone a nevar a cascoporro. Y los niños paislejanienses preparan un muñeco justo delante del palacio del príncipe Laxandter, con zanahoria, escoba, botones y toda la mandanga. Entonces un día, al príncipe le da un apretón y... ah no, no, primero fue a ver a una princesa y…  bueno espera que me está dando el apretón a mí. Ahora vuelvo.
Ya estoy. ¿Por dónde iba? Ah sí, entonces el príncipe Laxandter le estaba dando unos morreos a la princesa Paloma (a la que todos llamaban Palomina por no sé qué cosilla marrón). Y, justo antes de la monta, ahora sí, va el perrino y le empieza a asomar el hozico. Ante tal emergencia, deja a la princesa Palomina ahí, toda ella jadeante, y se va detrás del muñeco de nieve adoptando la posición de decúbito cunclillus y, como se aburría por la prolongada evacuación de tan longo chorongo, se dedicó a comerse la zanahoria del muñeco y así, de paso, fue rellenando el vacío. Concluida la cuestión, el príncipe repuso, con lo primero que se le ocurrió, la ausencia de la anaranjada hortaliza en el careto del muñeco de nieve.
Y ya no sigo contando porque, ¿sabéis qué pasó? Pues resulta que un niño muy pobre que pasaba mucha hambre y tal, se enteró que los otros niños habían hecho delante del palacio del príncipe un muñeco de nieve con zanahoria. Y, como siempre fue pobre y sólo comía sémola, no sabía exactamente cómo eran las zanahorias. Vamos, que se le juntó la hambruna con la ignorancia y, mira, de vedad, aquello fue…, bueno, bueno, tan asqueroso que mejor lo obviamos, ¿eh? Así que venga, colorín, colorado, este cuento, osea yo, he acabado.

Fin de mi mismo.

¡Ah! Y cuando el príncipe volvió, la princesa ya no estaba. Debió calzarse una trucha o algo de eso y se fue. Venga, lo dicho.

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