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lunes, 26 de diciembre de 2011

Borrador de mi novela - capítulo 1º

Tengo el placer de presentaros el primer capítulo del borrador de mi primera novela, de la que me queda muy poco para terminar, y que empecé a escribir hace más de tres años. No se me ocurre nada mejor que callar y que sea la propia historia la que hable.
 
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EL COLOR DEL ALMA

PRIMERA PARTE
(1940 – 1950)


1


El fuego ya era brasa. Un camastro improvisado en un rincón. En un tugurio, frente al puerto de la ciudad. Y, más allá, el abismo oscuro y frio. En un día olvidado del noviembre de 1940, la indolencia y la miseria albergaron a aquél que acababa de nacer.
El hombre, con aparente serenidad, esperaba fuera, sentando en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta, al otro lado de los gritos. Fumaba incesantemente. De un trago, vació el resto del alcohol barato que quedaba en la botella. Dentro, los aullidos de dolor cedieron ante un agudo llanto repleto de vida. Se abrió la puerta. La coronilla del hombre golpeó las rodillas de la partera. La desaliñada mujer, no dijo nada; se limitó a asentir mientras impregnaba un retal de sábana con la sangre de sus manos. El hombre entró indeciso. Apenas prestó atención a su esposa: buscaba el origen de los sollozos. Se deshizo de la colilla que quemaba sus labios, sacudió el aire con la mano deshilachando el humo espeso y pudo, por fin, ver con claridad el inocente rostro de José y, de inmediato, sentir la terrible punzada de la decepción.
-Parece un ángel –murmuró el hombre, el padre, salpicando de horror sus palabras.
Por antojo del azar, intervinieron genes ya hacía tiempo olvidados. La lejana ascendencia escandinava de su madre concedió a José Amor unos grandes ojos como corindones azules y un ensortijado cabello del color de la paja. Una piel, fina y sonrosada, cobijaba a su ser y urgía ser cobijada del sol del mediodía. Comparecía ante la vida un querubín concebido para ser amado cuyos hermosos rasgos, para infortunio del pequeño José, diferían mucho de la fisonomía de sus progenitores.
El retoño brillaba como un lucero frente a la oscura tez de su padre; una luz que cegaba los diminutos ojos del inquieto hombre de mar y alumbraba en su rudimentario cerebro la oportunidad de abandonar a su familia con el pretexto de la traición conyugal. Zorra, me la has dado bien, sentenció el marino, condenando al desamparo a su mujer y salió huyendo sin haber sentido, al menos una vez, los latidos de su propio hijo. De esta suerte, su padre sólo le dejó el apellido a José Amor: el único amor que comprendería a lo largo de su vida.
La madre de José, con el tiempo, comenzó a ser motejada en los contornos como la chingasuecos y descargó su cólera en el chiquillo al que hizo responsable de su desgracia. Maldito seas –le oyó a menudo decir a su madre-; ojalá no hubieses nacido.
Solo fue el principio. A las palabras crueles y a la ausencia de cariño pronto se les sumaría una tortura despiadada.

***

Era la tarde del día de los Santos Inocentes de 1943. La lejanía, teñida de nubarrones negros, anunciaba una terrible tormenta. La inquietud y la curiosidad, propias de su corta edad, conducían a José Amor a un lance de fatales consecuencias. Aprovechando uno de los frecuentes letargos de su madre, el ángel husmeaba entre las escasas pertenencias de la mujer. De pronto, oyó un sonido fascinante que procedía del fondo de un viejo maletón. Introdujo su brazo hasta el fondo, escarbando en una maraña de guiñapos, hasta que su mano se topó con un torrente de bolitas sonoras que recubrían un pedazo de piel curtida. De inmediato, extrajo el extraño objeto y, tímidamente comenzó a tañer las bolitas con sus dedos. Segundos después, el pequeño, maravillado por la música de su flamante juguete, corría como loco por toda la estancia agitándolo una y otra vez. Súbitamente, José quedo paralizado. No fue el volumen de la voz lo que heló su sangre sino la expresión de los ojos de su madre.
-¡Dame eso ahora mismo, desgraciado! –la mujer había regresado de sus sueños envuelta en un odio desmedido.
La criatura, con cautela, le entregó el instrumento.
-Te gusta esto, ¿eh? –le preguntó haciendo sonar los cascabeles del ghungroos[1] entre su manos. Su marido se lo había regalado tras uno de sus habituales viajes por Asia. Tras ser abandonada y con la ayuda de la ginebra, comenzó a sufrir alucinaciones: el instrumento decoraba el delicado tobillo de una exótica mujer que, sumergida en una danza sensual de movimientos hipnóticos, iba tomando la forma de un crótalo venenoso para terminar clavando sus afilados colmillos en el sudoroso cuello de su marido apoderándose de su voluntad.
La mujer, trastornada, atormentada por la visión, desahogó su dolor en el frágil cuerpo de su hijo. Minutos después, José se acurrucaba tembloroso en el suelo sucio y húmedo. La madre, entretanto, con la respiración agitada, se frotaba la mano ejecutora mirándole con desprecio. Después, cogió el ghungroos y se arrodilló ante el pequeño hablándole con repentina serenidad
-Muy bien, pequeño mocoso. Si tanto te gusta te lo regalaré. Pero no quiero volver a oírte nunca más y, mucho menos, el ruido de este maldito chisme –le advirtió y, a continuación, puso los cascabeles alrededor del tobillo de José-. ¿Me has entendido? No vuelvas a hacer sonar eso nunca. O te arrepentirás.
Presa de su propio ultraje, la mujer exigió al chiquillo llevar para siempre aquel chivato adherido a su cuerpo, lo que le obligaba a permanecer constantemente quieto. José, con tan sólo tres años, pronto aprendió que tras el sonido de los cascabeles acontecían el dolor y la humillación. Con el tiempo se agotaron las lágrimas y, sin sus alas, el pequeño ángel vistió su mundo de vacío.
José Amor tuvo que padecer aquel tortuoso hábito durante dos largos años, al final de los cuales, pocos días después de su cumpleaños, llegaron a la ciudad unas fiebres desconocidas que, entre otras mercancías, viajaban en la bodega de un gran buque procedente de alguna lejana región oriental.
José tenía cinco años cuando su madre sucumbió a la extraña enfermedad. Fue entonces cuando, por primera vez, José Amor consideró la muerte como un bien liberador, como su aliada.


[1] Especie de tobillera con cascabeles utilizada por los bailarines hindúes.

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Gracias por la lectura. Espero con impaciencia vuestras impresiones y reacciones.
  

7 comentarios:

  1. .....!!!!!!.....¿Podré sobrevivivir a la indolente espera? Me comeré las uñas que no tengo esperando "MÁS"....¡QUÉ TENSIÓN SEÑOR!...¡QUÉ TENSIÓN!

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  2. (Risas) Gracias por el comentario y siento de las uñas.

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  3. guau!! menudo enganche, menos mal que yo solo tendre que esperar a mañana

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  4. Magnifico, se lee también y es tan interesante que me he quedado con la miel en los labios.
    De regalo, un poem
    M E N T I R A
    *
    Eso quisiera ser en este mundo
    Lleno de fantasía hiperbólica,
    Porque no pienso en lo que creo,
    Algo en lo que sé y muy poco
    En lo que soy.

    Allí donde me encuentro
    siento el brillo del ave
    que otea su paraíso
    en el vuelo de su existencia.

    No sé bien qué dirección tomar
    en el bosque de los disparates
    cuando las veredas repletas de flores
    destellan mentiras en primavera
    con su fantasía perfumada.

    Quisiera desahogarme en el entramado
    de la metáfora de la faramalla
    subir a la cima del deleite
    por si desde allí, se ve mejor
    la semántica de la tontería.

    No me siento inhumano acosado
    por la mísera codicia
    que nos envuelve constantemente
    en el manifiesto de lo material.

    No puedo con la hipocresía retorcida
    metida en el vertedero de la argucia
    mientras el pastor azuza al rebaño
    a devorar el pasto que no es suyo.

    Observo detenidamente la chimenea
    al exhalar el humo descarnado
    que la mendacidad expulsa
    con partículas diminutas
    en sus luchas intestinales
    por mantener el poder de la llama
    con el asombro de mi inocencia.
    *
    EL PONTON DE LA OLIVA

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  5. Muchas gracias por el comentario y muchas más por tu fantástico regalo en forma de apasionado poema, quien quiera que seas. En la guarida tenemos una sección para los amigos, y estaré encantado de añadir este poema si te haces camarada nuestr@, o miembro del blog.
    Un saludo.

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  6. LOL
    Soy una mierda escribiendo,
    a comparación de esto.

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  7. Hola, LOL.
    Gracias por leerme. Te voy a confesar que yo también he pensado eso de mí trabajo alguna que otra vez. Solemos ser los peores críticos con nosotros mismos.
    Un saludo.

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