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viernes, 23 de diciembre de 2011

Luis(ito)

(por Fernando Rubio Pérez)


En la Nochebuena del año 2011, un cielo feo, gris, acampó sobre el lugar más olvidado de la ciudad. La tarde inclemente vestía una lluvia menuda y gélida, desolando aún más el marchito jardín, y la dirección del centro decidió suspender el paseo vespertino, lo que significaba una inesperada ruptura de la rutina. Los pacientes se sintieron especialmente nerviosos. Las ventanas del edificio se llenaron de manos deshaciendo el vaho de los cristales. En el interior se entreveraban los gestos obstinados, el delirio, las risas histéricas y los llantos desconsolados.

*****

No muy lejos de allí, Luisito ayudaba a su abuela en la cocina. Pese a su corta edad, manejaba el cuchillo con maestría; cortaba en dados idénticos las patatas que servirían de guarnición al lechazo del horno que ya se hacía sentir en toda la casa. Mientras, desde el comedor, llegaba el rumor de una discusión. Aprovechando la distracción de su hijo, el padre de Luisito fue a buscar los regalos al maletero del coche. Al ver la espada samurái, la madre reprendió a su marido.
-¿Qué quieres? Es lo que tu hijo ha pedido  -se defendió él.
En la cocina, Luisito miró a su abuela. La anciana leyó la pregunta en sus ojos.
-No pasa nada, hijo. Están repasando tu carta a Papá Noel y les habría gustado que hubieses pedido otra clase de juguetes menos… menos violentos.
-Es que tengo que matar a los malos, abuela –soltó. La mujer rió la ocurrencia de su nieto.
La mañana de Navidad iba a ser gloriosa, por eso, durante la cena, el pequeño se mostró muy ansioso. Por eso, y porque su familia no dejó de insistirle en la necesidad de acostarse pronto. La anciana fue la encargada de llevarle a su cuarto.
-¿Tú crees que he sido bueno, abuela? -
-Sí, Luisito, no debes preocuparte. Anda, hijo, duérmete que Papá Noel está al caer –le apremió la abuela y besó su frente.
Su abuela le daba las buenas noches pero Luisito había dejado de oírla. El chiquillo se hallaba concentrado en el eco lejano de los pasos de tres personajes que tanto conocía como odiaba. La abuela, imperceptible ya para él, abandonó la habitación. Los temibles pasos se acercaron pausadamente hasta detenerse al otro lado de la puerta. Luisito cerró los ojos.

*****

En el ala sur del hospital se hallaba el pabellón de los enfermos que sufrían los trastornos más graves y el corredor de las celdas de incomunicados, que albergaba a los dementes profundos, proclives a la autolesión, y a los perturbados más peligrosos. Al ser Nochebuena, el psiquiatra jefe, director del centro, trataba de agilizar la ronda diaria para llegar pronto a casa.
-Veamos cómo se encuentra nuestro amigo Luis Peña –dijo irónicamente a la celadora.
Una pequeña ventana metálica hizo un ruido seco al abrirse, y un haz de luz amarillento atravesó la penumbra de la celda hasta posarse sobre el rostro inanimado de Luis.
-Está tranquilo, doctor, como siempre. A éste no le afecta nada: demasiados sedantes.
-¿Demasiados? Ese monstruo nunca está suficientemente sedado, María. ¿O ya no se acuerda? –preguntó a la enfermera. Ésta movió afirmativamente la cabeza, tocándose el rostro deformado-. Está bien, abra la puerta, Ismael –ordenó al enorme celador qué acarició la pistola inmovilizadora de su cinturón-. María, póngale 500 mg más. No quiero sobresaltos esta noche.
La enfermera se mostró dubitativa y preocupada pero, finalmente, cumplió la prescripción médica e inoculó el sedante extra en el brazo del paciente.
-Bien, vamos con otro –dispuso con premura el doctor.
El celador cerró bruscamente la puerta de hierro, restituyendo la oscuridad acostumbrada en el interior. El sonido de la cerradura no hizo el crujido habitual al cerrarse e Ismael dudó un instante, pero enseguida se unió al resto, restándole importancia. Dentro, lo pasos se oían alejarse. Luis abrió los ojos.

*****

Luisito fingía dormir, esperando el momento adecuado. Al otro lado de la puerta, los pasos se alejaban. Era muy temprano, aún no había salido el Sol, su familia todavía dormía, pero seguro que Papa Noel ya había pasado por su árbol. Bajó despacio las escaleras para no despertar a nadie.
-¡Oh, gracias, Papá Noel! –exclamó. El pequeño sintió una inmensa felicidad al ver su regalo. Qué gran sorpresa les daría, pensó, y desapareció en la oscuridad de la noche.
Se apresuró en volver a casa, antes de que su familia despertara. Se arrodilló frente al árbol de Navidad, colocó con sumo cuidado el regalo de su padre, el de su madre y el de su abuela, sonrió y regresó a su habitación. Se acurrucó bajo la manta y se durmió feliz.

*****

Los servicios de urgencia y el personal de servicio sufrían lo indecible para reconducir al interior del hospital psiquiátrico a los centenares de enfermos que, ataviados únicamente con sus camisones abiertos por la espalda, deambulaban en un radio de más de un km. Ahogados en semejante desbarajuste, el equipo médico buscaba con desesperación al director del centro. Minutos después, las luces de emergencia de la policía se abrían paso entre la bruma y el caos humano. Los detectives tardaron una hora en encontrar al psiquiatra jefe. Hallaron su cabeza junto a la de María, la enfermera, y a la de Ismael, el celador grandote; estaban envueltas en papel de regalo, y colocadas alrededor del esperpéntico árbol de navidad sintético que adornaba el salón de actividades del ala sur. La policía urgía refuerzos por radio; a su alrededor, obstaculizando su labor, se arremolinaban los pacientes que, arduamente, se conseguían retornar al hospital, los cuales, aún sin medicar, enardecían su demencia: correteaban gritando por los pasillos, bailaban encima de las mesas o copulaban desinhibidos por doquier. En medio de toda aquella convulsión grotesca, tan sólo un paciente permanecía tranquilo en su celda:
Luis, acurrucado bajo su manta, dormía feliz.


4 comentarios:

  1. Me gusta como juegas con el pasado y el presente haciendo que parezca que transcurre todo en el mismo día. Desde luego se sale radicalmente del estilo de los cuentos navideños, en éste la Navidad es sólo un complemento y al tiempo el leitmotiv de la historia. Nunca está de más que te cuenten OTRO cuento de Navidad.

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  2. ¡Que buen cuento Fernando!, me recuerda a "La noche boca arriba" de Cortazar, donde juega también en dos momentos diferentes, en un solo relato.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Moli. El mero hecho de recordarte a un grande me abruma. Un abrazo.

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