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miércoles, 21 de diciembre de 2011

La carta

(por Fernando Rubio Pérez)

"Nunca sabréis quiénes son vuestros amigos
hasta que caigáis en desgracia"

Napoleón Bonaparte
 




En una ciudad porteña.

Se acercaba cada jueves por la misma plaza pues, en cierto modo, necesitaba contemplar aquel formidable acontecimiento. Ese día, sin embargo, se encontraba a una distancia considerable y su cerebro se valió de los recuerdos para reconstruir una imagen adecuada de aquel singular grupo de mujeres: un pañuelo en la cabeza que cobija el pensamiento, un pensamiento que alberga el recuerdo de los que no callan, de los que gritan su silencio en gastadas fotografías, como silencioso es el caminar de quienes las portan. Presenciar tal derroche de valentía mancillaba su conciencia y le hacía sentirse mal consigo mismo. Sin embargo, aquella manifestación tan llena de fuerza y esperanza alimentaba su propio coraje y, en los últimos años, le fue preparando paulatinamente para enfrentarse al mundo al que pertenecía y en el que experimentó la auténtica felicidad. A diferencia de aquellas mujeres, él tenía en sus manos la posibilidad de descubrir un paradero: el suyo propio. Sin saber exactamente cómo, había tomado la decisión.
Alguien le avisó. Hizo retroceder de pronto su mirada, como quien retira el ojo de un telescopio y regresa a la realidad tras un lejano viaje por las estrellas, y cayó en la cuenta de los restos de lluvia en el cristal de la ventana, recordando el lugar en el qué se encontraba. Atravesó el suelo enmoquetado para llegar a una silla de color chillón frente a una mesa del mismo tono estresante. Desde el otro lado, atendieron de inmediato su solicitud. Rodeada de catálogos con fotografías de lugares fascinantes, la empleada tañía el teclado en su frenética búsqueda de una plaza de avión mientras rezumaba una simpatía estudiada en cursillos de ventas. Mientras observaba, sin mayor interés, el trabajo de la joven atractiva, que en otra época habría tratado de seducir, reflexionó en la posibilidad de haber estado allí antes y llegó a la conclusión de que finalmente todas las agencias de viajes eran iguales. Había pisado esas mismas oficinas innumerables veces en innumerables lugares.
La perfecta combinación entre un pequeño capital inicial, su astucia y una gran dosis de suerte, le convirtieron en poco tiempo en un hombre rico. A partir de ahí, consiguió el resto gracias a su dinero. No obstante, en los últimos años se sentía hastiado de la necesidad de comprar el cariño o la estima; asqueado de falsificar su alegría. Estaba solo o, en realidad, siempre lo estuvo y ahora empezaba a comprenderlo. Recientemente comenzó a plantearse una disyuntiva para solucionar su amargura, eligiendo la segunda alternativa, pues para la primera siempre tendría tiempo, y concluyó que antes de quitarse la vida no perdería nada si visitaba su pasado. Había confundido sistemáticamente la búsqueda del lugar perfecto con la huida de sí mismo y llegó el momento de enfrentarse a sus orígenes.
-Señor, excúseme señor – solicitaba su atención la atractiva señorita desde el otro lado de la mesa-, señor, ya tengo su vuelo.
Observó el billete, el destino, la capital de la provincia que le vio nacer.
En su lujoso automóvil, camino de su lujoso apartamento, se imaginaba a sí mismo frente a un papel en blanco. Llegó a casa.
-Hola, ya estoy en casa –le dijo a la soledad-. ¿Habéis tenido buen día? ¿No? Pues el mío ha sido cojonudo. Veamos quien da la murga esta vez –dijo encendiendo el reproductor del contestador automático que anunció dos mensajes:
-Hola, cariño. No, cariño no, tal vez debería decir desgraciado. Ya me enteré por Fidel que te marchas. Nunca te pedí nada y nunca quise hacerme ilusiones con vos. Acepté lo que me ofreciste y punto. Pero debiste tener algo más de consideración con mi persona y prescindir de intermediarios. En fin, canalla, supongo que tendré que perdonarte… Como siempre… Espero que encuentres lo que buscas y que te vaya bonito. Ciao, mi amor.
El celular emitió un pitido, después ofreció diferentes opciones y prosiguió su locución. Mientras escuchaba, se sirvió una copa de vino de su tierra y tomó asiento frente a un escritorio buscando los útiles necesarios para escribir una carta a la antigua usanza. Sonó el segundo mensaje:
-Hola desgraciado. No, desgraciado no, tal vez debería decir estúpido desgraciado, que es lo qué sos vos. No conforme con obligarme a mí a tirar tu plata en absurdas organizaciones, a mí que soy amante del dinero ¿entendiste? No conforme con eso, me utilizas para despedirte de Carla. ¡Carajo, cómo se puso! Sos la repanocha. En fin, supongo que te perdono porque… este… la cifra por mis últimos servicios reconozco que es formidable. Así que nada, te deseo suerte. Ciao, boludo.
No sintió temor al enfrentarse al papel en blanco. De hecho, le resultó mucho más sencillo de lo que pensaba escribir aquella carta. Una vez concluida la redacción, copa de vino en mano, analizó sus propias palabras:
“Mi querido Toñín” -lo cierto es que sigo queriendo a ese pedazo de mamón-, “daría lo que fuera por ver tu cara en estos momentos. Son tantas las cosas que debería explicarte…”
Terminó de leer con una espléndida sonrisa dibujada en su cara.
-Bien, el sobre, el sello y mi amigo el cartero harán el resto.


FIN
COMIENZO

5 comentarios:

  1. buuuuu, no me gustan las historias que se quedan para el curioso lector :s, pero ésta, ésta me ha encantado =)

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    1. Gracias, corazón. ¿Sabes?, esta historia es una escena eliminada de la novela, por lo que tiene más resolución de lo que parece. Un beso.

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  2. Segundas partes? espero que si quiero saber el contenido de la carta

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    1. Bueno, lo cierto es que no pensaba que la historia necesitara continuación. Es posible que no haya conseguido dejar claro el cierre. Pretendía hablar sobre alguien al cual el dinero y el éxito no le ha hecho feliz y decide volver a sus orígenes. Siento dejarte mal sabor de boca. Igual con una segunda lectura encuentras ese cierre... Y muchas gracias por la lectura. Un abrazo.

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