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sábado, 10 de diciembre de 2011

Cante juglaresco de la caca de toro en la estola de piel de nutria de la marquesa

(por Fernando Rubio Pérez)


Cuéntase que se cuenta
que en un tiempo lejano,
mal vivía con poca renta
un gachó, un tal Fulano. http://t3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSpBP3544NrPeGX4Bm0yojK9t6Lk155g2EfGL81iuGe3DnNg2jf http://t3.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSpBP3544NrPeGX4Bm0yojK9t6Lk155g2EfGL81iuGe3DnNg2jf

Nada, como mucho un poco,
gastaba el menda en el aseo;
a las tripas dar sofoco
era su primer vadeo.

Luego de ayunar por días,
venció la desesperanza:
a sus tragaderas debía
una magna pitanza.

Mal vestido y con su afín hedor,
salió de casa el menesteroso;
por comer vendería su honor,
que por comer… se comería un oso.

Buscó en el bosque su sustento,
perdiéndose en la espesura,
extraviado el conocimiento,
justo al borde de la locura
fue a confundir por alimento
las cagadas de un Miura.

Escaso fue lo ingerido:
fue su merienda zanjada
por culpa de un mugido
y la fuerza de la cornada
que le lanzó despedido
allende la arbolada.

Como en arenoso desierto
creyó ver laguna al frente
era un charco, si bien es cierto:
el que formaba una fuente.

Coincidía que arribó
la navidad en la comarca
y el infeliz imaginó
al Rey Melchor llegando en barca.

-Oh, majestad, quiero un cordero-.
Pidió besando su barba espesa.
-Quita coño. ¡Majadero!-.
Gritó y se dijo: ¿qué mierda es esa?
Y llamaron a un loquero.
Mas no era rey, sino marquesa.


Reverencia
y despedida.

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