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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Borrador de mi novela - capítulo 2º

Os dejo con el segundo capítulo de mi novela "El color del alma".

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2


Noviembre de 1945

***

Aquella mañana, el Sol llegaba tarde a su cita y el invierno, impaciente, anticipaba sus rigores. La escasez de luz y el vapor de la locomotora, confabulado con la niebla, provocaron un apeo de pasajeros muy embrollado que complicaba la labor de encontrar al amigo recién llegado o a la familia expectante, la maleta soplada o la gallina huida. El tío Recio, farfullando y a empellones, intentaba abrirse paso en medio de la algarada. Sus grandes ojos negros, que se elevaban por encima de la mayoría, otearon por fin una vía de escape. En el vestíbulo de la estación se dio un pequeño respiro y estiró su espalda tratando de recomponer su anatomía: el dinero adelantado por los curas le alcanzó lo justo para viajar en segunda clase y a los cuarenta y seis años su cuerpo mostraba los primeros síntomas de rebelión frente al mal trato. Tras preguntar a un determinado número de personas que dijeron no ser de allí, alguien le aconsejó:
-En la ventanilla, hombre, pregunte en la ventanilla.
Mientras aguardaba vez en la cola, le abordó una mujer encogida y arrugada que vendía altramuces. Eximida de los rubores y los sonrojos que atañen a las jovencitas, la anciana elogió la galanura y el buen porte del tío Recio y sugirió regalarle un cucurucho. Pese a la negativa del hombre a la componenda, la mujer le dedicó una desdentada sonrisa. Llegó su turno:
-Buenos días, buen hombre. ¿Conoce el colegio de huérfanos de Santo Tomás de…? –quiso preguntar el tío Recio.
-Eso no forma parte de mi cometido.
-Ya me figuro, pero es que yo… Pe… pero, oiga. ¡Será desgraciado! –le gritó al funcionario que cerró la ventanilla sin mayor explicación y que a continuación sacó del cajón de un escritorio un pequeño bulto envuelto en papel de periódico grasiento.
-El Ambrosio no perdona jamás la hora de su almuerzo. ¿Busca usted el colegio Santo Tomás de Aquino? –le preguntó la anciana de los altramuces.
El tío Recio sacó unas monedas del bolsillo y, maleta en mano y cucurucho en la otra, salió de la estación. La mujer le había indicado que se encontraba a menos de veinte minutos de camino y decidió recorrerlo a pie para ahorrarse el tranvía. Su orgullo de Recio, y de serrano, le impidió abrigarse adecuadamente para visitar una tierra costera de gente melindrosa. Sin embargo el frío húmedo se le metía sin piedad en los huesos y el tío Recio sustituyó las blasfemias por una camisa de franela a cuadros que añadió a la otra que ya llevaba puesta. Los aromas procedentes de una tasca despertaron su apetito. Se preguntaba que habría sido del trozo de pan con tocino que cenó en el tren. Se abstuvo de entrar y gastar dinero: los altramuces le calmarían de momento y su amigo Camilo, proveería un buen almuerzo de bienvenida.
Llevaba más de media hora andando y empezó a mostrarse dubitativo. Todas aquellas casas le parecían iguales, la mayoría carecía del número indicativo y le costó más trabajo del que pensaba encontrar el orfanato. Inseguro, el tío Recio se decantó por un edificio sustancialmente más grande que el resto y que se alzaba en medio de un considerable terreno cercado en parte por un muro derruido, en parte por un seto mal cuidado. Una gran puerta de forja medio abierta le invitó a entrar en el recinto. El estruendo de las bisagras le sobresaltó y se acordó de la hipotética madre del enrejado. Al llegar al edificio, buscó sin suerte el número. En la fachada solo existía la prueba en forma de tornillos retorcidos de que en su día un cartel anunciaba la actividad de aquel lugar. El humo de las chimeneas y el movimiento de cortinas tras las ventanas le advertían de presencia humana en el interior. Se sentía incómodo por la posibilidad de encontrarse en una propiedad privada y de que alguien pudiera llamarle la atención, circunstancia que hubiese preferido evitar ya que su temperamento no digería fácilmente los sermones. Suspiró y se insufló de valor. Cauto pero decidido, golpeó sutilmente con sus nudillos la poderosa puerta de madera que, al rato, se entreabrió lo justo para que un pequeño sacerdote desconfiado asomara su nariz aguileña.
-Buenos días, padre –saludó cortésmente el tío Recio.
-Buenos días. ¿Qué se le antoja? –saludó la nariz.
-¿Cómo? No, no. A mí no se me antoja nada, padre. Ha debido confundirme con… Bueno, igual soy yo el confundido pero me parece que es aquí… En fin, verá usted, en la carta… Vamos, en definitiva, que yo venía a ver al padre Camilo… -le trató de explicar.
-El padre Camilo ha salido, vuelva otro día –le interrumpió y cerró la puerta, textualmente, en sus romanas narices.
El tío Recio, que ya se sabía en la dirección correcta, no se amilanó y, en esta ocasión, sus nudillos se estrellaron con violencia contra la estremecida puerta de madera que se abrió por completo permitiendo al suspicaz clérigo mostrar todo su ser que ni de puntillas llegaba a la altura del prominente mentón del tío Recio.
-¡Oiga, majadero! ¿Quién se ha creído usted qué es? –le imprecaba estirando su cuello enflaquecido para tratar de nivelar las miradas.
-Yo no me creo nada, padre –le respondió irritado mientras masajeaba su nariz-. Y no soy ningún degenerado. Un maestro de escuela que además viste sotana debería cuidar su lenguaje, ¿no le parece?
-¿Cómo se atreve? –le gritó con los puños cerrados.
-No me caliente, padre. No me caliente. He hecho un largo viaje para llegar aquí y no pienso irme. El padre Camilo me envió esta carta para que viniese a verle. Tenga, ande, lea.
-¿Es usted el artista? –le preguntó receloso tras leer la carta, sin terminar de dar crédito a las palabras de aquel hombre con más aspecto de labrador que del escultor que el sacerdote se esperaba.
-¿Artista?, no sé si tanto. Yo soy Pedro Recio Hernández, natural del Orejón, maestro ebanista y tallista aficionado.
-Por amor de Dios, señor Recio. Ustedes los artistas con sus aires bohemios se prestan a la confusión y a desagradables malentendidos. Yo soy el padre Andrés. Ande pase, pase. No se quedé ahí. ¿Por qué no dijo antes quien era usted?
Al tío Recio le habría gustado rebatir que no le había ofrecido la oportunidad de explicarse pero prefirió sofocar el malhumor y ser más práctico con aquel cura picajoso y quizá así le ofrecería algo para almorzar:
-Bueno, hombre de Dios, pelillos a la mar, ¿eh?
-Sí, claro, claro. El señor nos dota de paciencia infinita. Ahora tenga la amabilidad de seguirme –le dijo ya de espaldas, encaminándose por un largo pasillo.
-La madre que parió al pichafloja: hacerme venir desde tan lejos para darme plantón –musitaba el tío Recio.
-¿Decía algo?
-No, nada, nada, padre. Cosas mías.
El tío Recio seguía los cortos y rápidos pasos del cura a través del pasillo dejando a su derecha paredes desnudas donde se apreciaban las huellas de aquellos cuadros que fueran quemados años atrás. A su izquierda se sucedían grandes ventanales que revelaban la existencia de un gran patio interior que en su día debió albergar un precioso jardín con perales y limoneros, ahora secos. El tío Recio comenzó a vislumbrar al fondo una cocina en la que un enorme cura amasaba pan. El delicioso olor que procedía de aquel lugar hizo mella en su orgullo y no pudo reprimir la exclamación.
-¡Ángeles del cielo! Huele a gloria bendita.
-Es el pan para la comida. El padre Esteban está bendecido con el don de los pucheros. En esta época de escasez, nuestro apreciado hermano se las ingenia para darnos a todos de comer. Y claro, imagínese la cantidad de bocas hambrientas que tenemos en esta escuela. Con muy poco lo hace todo rico. Incluso, el señor obispo nos encarga todas las navidades la cena de Nochebuena.
Justo cuando el tío Recio creyó que entrarían en la cocina, el padre Andrés abrió una puerta a su izquierda y le señaló un despacho grande y frío para que entrase.
-Le ofrecería algo para almorzar, pero seguro que ya comió algo por el camino.
-Bueno, sí, unos chochos, pero…
-Aquí se sentirá muy cómodo mientras espera al padre Camilo, señor Recio –le interrumpió mientras sacudía el polvo de una silla.
-Nadie me llama señor Recio –murmuró para sí decepcionado.
-¿Cómo dice?
-Qué puede llamarme tío Recio.
-¿Acaso tengo yo cara de ser su sobrino?
-Cojones, tampoco tengo yo cara de ser su hijo, padre –le respondió el tío Recio ahorrando lo modales que no le habían servido para calentar el estómago.
-¡Virgen del amor hermoso! Ignoro donde se esconde su faceta artística, señor Recio. Espero por el bien de esta escuela que se halle en mejores condiciones que su carácter irritante.
-Lo que usted diga, padre. Lo que usted diga –rezaba el tío Recio acompasando el sorbido de la nariz con el soniquete de las tripas.

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 De nuevo agradezco la lectura y os pido vuestra opinión. Gracias.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Borrador de mi novela - capítulo 1º

Tengo el placer de presentaros el primer capítulo del borrador de mi primera novela, de la que me queda muy poco para terminar, y que empecé a escribir hace más de tres años. No se me ocurre nada mejor que callar y que sea la propia historia la que hable.
 
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EL COLOR DEL ALMA

PRIMERA PARTE
(1940 – 1950)


1


El fuego ya era brasa. Un camastro improvisado en un rincón. En un tugurio, frente al puerto de la ciudad. Y, más allá, el abismo oscuro y frio. En un día olvidado del noviembre de 1940, la indolencia y la miseria albergaron a aquél que acababa de nacer.
El hombre, con aparente serenidad, esperaba fuera, sentando en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta, al otro lado de los gritos. Fumaba incesantemente. De un trago, vació el resto del alcohol barato que quedaba en la botella. Dentro, los aullidos de dolor cedieron ante un agudo llanto repleto de vida. Se abrió la puerta. La coronilla del hombre golpeó las rodillas de la partera. La desaliñada mujer, no dijo nada; se limitó a asentir mientras impregnaba un retal de sábana con la sangre de sus manos. El hombre entró indeciso. Apenas prestó atención a su esposa: buscaba el origen de los sollozos. Se deshizo de la colilla que quemaba sus labios, sacudió el aire con la mano deshilachando el humo espeso y pudo, por fin, ver con claridad el inocente rostro de José y, de inmediato, sentir la terrible punzada de la decepción.
-Parece un ángel –murmuró el hombre, el padre, salpicando de horror sus palabras.
Por antojo del azar, intervinieron genes ya hacía tiempo olvidados. La lejana ascendencia escandinava de su madre concedió a José Amor unos grandes ojos como corindones azules y un ensortijado cabello del color de la paja. Una piel, fina y sonrosada, cobijaba a su ser y urgía ser cobijada del sol del mediodía. Comparecía ante la vida un querubín concebido para ser amado cuyos hermosos rasgos, para infortunio del pequeño José, diferían mucho de la fisonomía de sus progenitores.
El retoño brillaba como un lucero frente a la oscura tez de su padre; una luz que cegaba los diminutos ojos del inquieto hombre de mar y alumbraba en su rudimentario cerebro la oportunidad de abandonar a su familia con el pretexto de la traición conyugal. Zorra, me la has dado bien, sentenció el marino, condenando al desamparo a su mujer y salió huyendo sin haber sentido, al menos una vez, los latidos de su propio hijo. De esta suerte, su padre sólo le dejó el apellido a José Amor: el único amor que comprendería a lo largo de su vida.
La madre de José, con el tiempo, comenzó a ser motejada en los contornos como la chingasuecos y descargó su cólera en el chiquillo al que hizo responsable de su desgracia. Maldito seas –le oyó a menudo decir a su madre-; ojalá no hubieses nacido.
Solo fue el principio. A las palabras crueles y a la ausencia de cariño pronto se les sumaría una tortura despiadada.

***

Era la tarde del día de los Santos Inocentes de 1943. La lejanía, teñida de nubarrones negros, anunciaba una terrible tormenta. La inquietud y la curiosidad, propias de su corta edad, conducían a José Amor a un lance de fatales consecuencias. Aprovechando uno de los frecuentes letargos de su madre, el ángel husmeaba entre las escasas pertenencias de la mujer. De pronto, oyó un sonido fascinante que procedía del fondo de un viejo maletón. Introdujo su brazo hasta el fondo, escarbando en una maraña de guiñapos, hasta que su mano se topó con un torrente de bolitas sonoras que recubrían un pedazo de piel curtida. De inmediato, extrajo el extraño objeto y, tímidamente comenzó a tañer las bolitas con sus dedos. Segundos después, el pequeño, maravillado por la música de su flamante juguete, corría como loco por toda la estancia agitándolo una y otra vez. Súbitamente, José quedo paralizado. No fue el volumen de la voz lo que heló su sangre sino la expresión de los ojos de su madre.
-¡Dame eso ahora mismo, desgraciado! –la mujer había regresado de sus sueños envuelta en un odio desmedido.
La criatura, con cautela, le entregó el instrumento.
-Te gusta esto, ¿eh? –le preguntó haciendo sonar los cascabeles del ghungroos[1] entre su manos. Su marido se lo había regalado tras uno de sus habituales viajes por Asia. Tras ser abandonada y con la ayuda de la ginebra, comenzó a sufrir alucinaciones: el instrumento decoraba el delicado tobillo de una exótica mujer que, sumergida en una danza sensual de movimientos hipnóticos, iba tomando la forma de un crótalo venenoso para terminar clavando sus afilados colmillos en el sudoroso cuello de su marido apoderándose de su voluntad.
La mujer, trastornada, atormentada por la visión, desahogó su dolor en el frágil cuerpo de su hijo. Minutos después, José se acurrucaba tembloroso en el suelo sucio y húmedo. La madre, entretanto, con la respiración agitada, se frotaba la mano ejecutora mirándole con desprecio. Después, cogió el ghungroos y se arrodilló ante el pequeño hablándole con repentina serenidad
-Muy bien, pequeño mocoso. Si tanto te gusta te lo regalaré. Pero no quiero volver a oírte nunca más y, mucho menos, el ruido de este maldito chisme –le advirtió y, a continuación, puso los cascabeles alrededor del tobillo de José-. ¿Me has entendido? No vuelvas a hacer sonar eso nunca. O te arrepentirás.
Presa de su propio ultraje, la mujer exigió al chiquillo llevar para siempre aquel chivato adherido a su cuerpo, lo que le obligaba a permanecer constantemente quieto. José, con tan sólo tres años, pronto aprendió que tras el sonido de los cascabeles acontecían el dolor y la humillación. Con el tiempo se agotaron las lágrimas y, sin sus alas, el pequeño ángel vistió su mundo de vacío.
José Amor tuvo que padecer aquel tortuoso hábito durante dos largos años, al final de los cuales, pocos días después de su cumpleaños, llegaron a la ciudad unas fiebres desconocidas que, entre otras mercancías, viajaban en la bodega de un gran buque procedente de alguna lejana región oriental.
José tenía cinco años cuando su madre sucumbió a la extraña enfermedad. Fue entonces cuando, por primera vez, José Amor consideró la muerte como un bien liberador, como su aliada.


[1] Especie de tobillera con cascabeles utilizada por los bailarines hindúes.

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Gracias por la lectura. Espero con impaciencia vuestras impresiones y reacciones.
  

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿Qué pasa en la cocina? 2


El próximo día 26 de diciembre publicaré en la guarida el primer capítulo de mi futura novela. Me vendrán muy bien vuestros comentarios.

Gracias.
       

Luis(ito)

(por Fernando Rubio Pérez)


En la Nochebuena del año 2011, un cielo feo, gris, acampó sobre el lugar más olvidado de la ciudad. La tarde inclemente vestía una lluvia menuda y gélida, desolando aún más el marchito jardín, y la dirección del centro decidió suspender el paseo vespertino, lo que significaba una inesperada ruptura de la rutina. Los pacientes se sintieron especialmente nerviosos. Las ventanas del edificio se llenaron de manos deshaciendo el vaho de los cristales. En el interior se entreveraban los gestos obstinados, el delirio, las risas histéricas y los llantos desconsolados.

*****

No muy lejos de allí, Luisito ayudaba a su abuela en la cocina. Pese a su corta edad, manejaba el cuchillo con maestría; cortaba en dados idénticos las patatas que servirían de guarnición al lechazo del horno que ya se hacía sentir en toda la casa. Mientras, desde el comedor, llegaba el rumor de una discusión. Aprovechando la distracción de su hijo, el padre de Luisito fue a buscar los regalos al maletero del coche. Al ver la espada samurái, la madre reprendió a su marido.
-¿Qué quieres? Es lo que tu hijo ha pedido  -se defendió él.
En la cocina, Luisito miró a su abuela. La anciana leyó la pregunta en sus ojos.
-No pasa nada, hijo. Están repasando tu carta a Papá Noel y les habría gustado que hubieses pedido otra clase de juguetes menos… menos violentos.
-Es que tengo que matar a los malos, abuela –soltó. La mujer rió la ocurrencia de su nieto.
La mañana de Navidad iba a ser gloriosa, por eso, durante la cena, el pequeño se mostró muy ansioso. Por eso, y porque su familia no dejó de insistirle en la necesidad de acostarse pronto. La anciana fue la encargada de llevarle a su cuarto.
-¿Tú crees que he sido bueno, abuela? -
-Sí, Luisito, no debes preocuparte. Anda, hijo, duérmete que Papá Noel está al caer –le apremió la abuela y besó su frente.
Su abuela le daba las buenas noches pero Luisito había dejado de oírla. El chiquillo se hallaba concentrado en el eco lejano de los pasos de tres personajes que tanto conocía como odiaba. La abuela, imperceptible ya para él, abandonó la habitación. Los temibles pasos se acercaron pausadamente hasta detenerse al otro lado de la puerta. Luisito cerró los ojos.

*****

En el ala sur del hospital se hallaba el pabellón de los enfermos que sufrían los trastornos más graves y el corredor de las celdas de incomunicados, que albergaba a los dementes profundos, proclives a la autolesión, y a los perturbados más peligrosos. Al ser Nochebuena, el psiquiatra jefe, director del centro, trataba de agilizar la ronda diaria para llegar pronto a casa.
-Veamos cómo se encuentra nuestro amigo Luis Peña –dijo irónicamente a la celadora.
Una pequeña ventana metálica hizo un ruido seco al abrirse, y un haz de luz amarillento atravesó la penumbra de la celda hasta posarse sobre el rostro inanimado de Luis.
-Está tranquilo, doctor, como siempre. A éste no le afecta nada: demasiados sedantes.
-¿Demasiados? Ese monstruo nunca está suficientemente sedado, María. ¿O ya no se acuerda? –preguntó a la enfermera. Ésta movió afirmativamente la cabeza, tocándose el rostro deformado-. Está bien, abra la puerta, Ismael –ordenó al enorme celador qué acarició la pistola inmovilizadora de su cinturón-. María, póngale 500 mg más. No quiero sobresaltos esta noche.
La enfermera se mostró dubitativa y preocupada pero, finalmente, cumplió la prescripción médica e inoculó el sedante extra en el brazo del paciente.
-Bien, vamos con otro –dispuso con premura el doctor.
El celador cerró bruscamente la puerta de hierro, restituyendo la oscuridad acostumbrada en el interior. El sonido de la cerradura no hizo el crujido habitual al cerrarse e Ismael dudó un instante, pero enseguida se unió al resto, restándole importancia. Dentro, lo pasos se oían alejarse. Luis abrió los ojos.

*****

Luisito fingía dormir, esperando el momento adecuado. Al otro lado de la puerta, los pasos se alejaban. Era muy temprano, aún no había salido el Sol, su familia todavía dormía, pero seguro que Papa Noel ya había pasado por su árbol. Bajó despacio las escaleras para no despertar a nadie.
-¡Oh, gracias, Papá Noel! –exclamó. El pequeño sintió una inmensa felicidad al ver su regalo. Qué gran sorpresa les daría, pensó, y desapareció en la oscuridad de la noche.
Se apresuró en volver a casa, antes de que su familia despertara. Se arrodilló frente al árbol de Navidad, colocó con sumo cuidado el regalo de su padre, el de su madre y el de su abuela, sonrió y regresó a su habitación. Se acurrucó bajo la manta y se durmió feliz.

*****

Los servicios de urgencia y el personal de servicio sufrían lo indecible para reconducir al interior del hospital psiquiátrico a los centenares de enfermos que, ataviados únicamente con sus camisones abiertos por la espalda, deambulaban en un radio de más de un km. Ahogados en semejante desbarajuste, el equipo médico buscaba con desesperación al director del centro. Minutos después, las luces de emergencia de la policía se abrían paso entre la bruma y el caos humano. Los detectives tardaron una hora en encontrar al psiquiatra jefe. Hallaron su cabeza junto a la de María, la enfermera, y a la de Ismael, el celador grandote; estaban envueltas en papel de regalo, y colocadas alrededor del esperpéntico árbol de navidad sintético que adornaba el salón de actividades del ala sur. La policía urgía refuerzos por radio; a su alrededor, obstaculizando su labor, se arremolinaban los pacientes que, arduamente, se conseguían retornar al hospital, los cuales, aún sin medicar, enardecían su demencia: correteaban gritando por los pasillos, bailaban encima de las mesas o copulaban desinhibidos por doquier. En medio de toda aquella convulsión grotesca, tan sólo un paciente permanecía tranquilo en su celda:
Luis, acurrucado bajo su manta, dormía feliz.


miércoles, 21 de diciembre de 2011

La carta

(por Fernando Rubio Pérez)

"Nunca sabréis quiénes son vuestros amigos
hasta que caigáis en desgracia"

Napoleón Bonaparte
 




En una ciudad porteña.

Se acercaba cada jueves por la misma plaza pues, en cierto modo, necesitaba contemplar aquel formidable acontecimiento. Ese día, sin embargo, se encontraba a una distancia considerable y su cerebro se valió de los recuerdos para reconstruir una imagen adecuada de aquel singular grupo de mujeres: un pañuelo en la cabeza que cobija el pensamiento, un pensamiento que alberga el recuerdo de los que no callan, de los que gritan su silencio en gastadas fotografías, como silencioso es el caminar de quienes las portan. Presenciar tal derroche de valentía mancillaba su conciencia y le hacía sentirse mal consigo mismo. Sin embargo, aquella manifestación tan llena de fuerza y esperanza alimentaba su propio coraje y, en los últimos años, le fue preparando paulatinamente para enfrentarse al mundo al que pertenecía y en el que experimentó la auténtica felicidad. A diferencia de aquellas mujeres, él tenía en sus manos la posibilidad de descubrir un paradero: el suyo propio. Sin saber exactamente cómo, había tomado la decisión.
Alguien le avisó. Hizo retroceder de pronto su mirada, como quien retira el ojo de un telescopio y regresa a la realidad tras un lejano viaje por las estrellas, y cayó en la cuenta de los restos de lluvia en el cristal de la ventana, recordando el lugar en el qué se encontraba. Atravesó el suelo enmoquetado para llegar a una silla de color chillón frente a una mesa del mismo tono estresante. Desde el otro lado, atendieron de inmediato su solicitud. Rodeada de catálogos con fotografías de lugares fascinantes, la empleada tañía el teclado en su frenética búsqueda de una plaza de avión mientras rezumaba una simpatía estudiada en cursillos de ventas. Mientras observaba, sin mayor interés, el trabajo de la joven atractiva, que en otra época habría tratado de seducir, reflexionó en la posibilidad de haber estado allí antes y llegó a la conclusión de que finalmente todas las agencias de viajes eran iguales. Había pisado esas mismas oficinas innumerables veces en innumerables lugares.
La perfecta combinación entre un pequeño capital inicial, su astucia y una gran dosis de suerte, le convirtieron en poco tiempo en un hombre rico. A partir de ahí, consiguió el resto gracias a su dinero. No obstante, en los últimos años se sentía hastiado de la necesidad de comprar el cariño o la estima; asqueado de falsificar su alegría. Estaba solo o, en realidad, siempre lo estuvo y ahora empezaba a comprenderlo. Recientemente comenzó a plantearse una disyuntiva para solucionar su amargura, eligiendo la segunda alternativa, pues para la primera siempre tendría tiempo, y concluyó que antes de quitarse la vida no perdería nada si visitaba su pasado. Había confundido sistemáticamente la búsqueda del lugar perfecto con la huida de sí mismo y llegó el momento de enfrentarse a sus orígenes.
-Señor, excúseme señor – solicitaba su atención la atractiva señorita desde el otro lado de la mesa-, señor, ya tengo su vuelo.
Observó el billete, el destino, la capital de la provincia que le vio nacer.
En su lujoso automóvil, camino de su lujoso apartamento, se imaginaba a sí mismo frente a un papel en blanco. Llegó a casa.
-Hola, ya estoy en casa –le dijo a la soledad-. ¿Habéis tenido buen día? ¿No? Pues el mío ha sido cojonudo. Veamos quien da la murga esta vez –dijo encendiendo el reproductor del contestador automático que anunció dos mensajes:
-Hola, cariño. No, cariño no, tal vez debería decir desgraciado. Ya me enteré por Fidel que te marchas. Nunca te pedí nada y nunca quise hacerme ilusiones con vos. Acepté lo que me ofreciste y punto. Pero debiste tener algo más de consideración con mi persona y prescindir de intermediarios. En fin, canalla, supongo que tendré que perdonarte… Como siempre… Espero que encuentres lo que buscas y que te vaya bonito. Ciao, mi amor.
El celular emitió un pitido, después ofreció diferentes opciones y prosiguió su locución. Mientras escuchaba, se sirvió una copa de vino de su tierra y tomó asiento frente a un escritorio buscando los útiles necesarios para escribir una carta a la antigua usanza. Sonó el segundo mensaje:
-Hola desgraciado. No, desgraciado no, tal vez debería decir estúpido desgraciado, que es lo qué sos vos. No conforme con obligarme a mí a tirar tu plata en absurdas organizaciones, a mí que soy amante del dinero ¿entendiste? No conforme con eso, me utilizas para despedirte de Carla. ¡Carajo, cómo se puso! Sos la repanocha. En fin, supongo que te perdono porque… este… la cifra por mis últimos servicios reconozco que es formidable. Así que nada, te deseo suerte. Ciao, boludo.
No sintió temor al enfrentarse al papel en blanco. De hecho, le resultó mucho más sencillo de lo que pensaba escribir aquella carta. Una vez concluida la redacción, copa de vino en mano, analizó sus propias palabras:
“Mi querido Toñín” -lo cierto es que sigo queriendo a ese pedazo de mamón-, “daría lo que fuera por ver tu cara en estos momentos. Son tantas las cosas que debería explicarte…”
Terminó de leer con una espléndida sonrisa dibujada en su cara.
-Bien, el sobre, el sello y mi amigo el cartero harán el resto.


FIN
COMIENZO

martes, 20 de diciembre de 2011

El kit Maullum

(por Fernando Rubio Pérez)

(Dedicado a los compañeros de trabajo de la "alarmante" empresa en la que obtengo mi sustento).

***

Diciembre de 2011, en el departamento de producto de SD (siglas de la empresa en cuestión):

En el último instante del ocaso, un rayo solar rezagado halló un resquicio entre la espesura de nubes negras; cruzó vertiginoso el espacio, atravesó la luna del ventanal y el vidrio de unas gafas olvidadas, y aglutinó todo su brío en el plástico del cable del ordenador de Saturnino, originando un extraño cortocircuito. Saturnino sintió cómo la energía recorría todo su ser, provocándole temblores y convulsiones, constriñendo la voluntad de sus actos. En esas, uno de sus codos, que parecía dibujar ochos en el aire, golpeó una lata que volcose, vertiendo el refresco de cola sobre el cóctel de anacardos y maíces que servían para entretener el hambre. La desacostumbrada sopa burbujeante, cual regato, recorrió la mesa, humedeciendo la mano que Saturnino tenía pegada al ratón, y terminó desembocando en el recién agujereado cable del ordenador, reanimando el insólito cortocircuito. La energía volvió a la mano de Saturnino y de ahí a la sopa de cola y de ahí al cable, y así, una y otra vez, creando un angustioso bucle. Saturnino, asido irremisiblemente al ratón, brincaba sobre su silla de oficina, como si ésta fuera un potro salvaje.
-¿Qué coño haces, Satur? –preguntole, estupefacto, el Product Manager (en adelante PM).
-Gregregré –gargareaba, agitando sus carrillos flácidos.
-¡Cielos, te ves electrocutado, presumo! –exclamó entonces el PM, más afín ahora a los hechos que se sucedían, y desenchufó el ordenador -. ¿Qué ha ocurrido?
-Desconózcolo –respondió Saturnino, una vez cesó el convulso proceso en su organismo.
De pronto, el PM observó una extraña sustancia gelatinosa que brotaba del agujero del cable. Saturnino, que compartía la visión, se inclinó para tocarla.
-¡Detente, insensato! –gritó sofocado el PM.- ¿Para qué narices hiciste el didáctico e instructivo curso de prevención de riesgos laborales? Tomaremos una muestra con una herramienta apropiada para estos menesteres que además, he te ahí, sirve para escribir.
Pero el boli de propaganda de SD, decidió desmembrarse en el momento de contactar con la curiosa sustancia y, por el efecto del muelle, adscrito al útil, una gota de gelatina salió disparada, acertando el entrecejo de Saturnino que volatilizose de inmediato.
El PM buscó a su subordinado con desesperanza y consternación durante, al menos, tres segundos, los que tardó la puerta de la pecera en abrirse.
-¿Satur? –preguntó el PM al individuo con cara de Saturnino, pero con bastante menos pelo en la cabeza.
-Estás que lo flipas, ¿eh, PM? Pues sí, soy yo, Saturnino. Explícome: resulta que la gotita de esa guarrada me envió al año 1991. Al principio no entendí que sucedía. Luego, asimilada mi peregrina circunstancia, decidí entrar en SD cuando apenas iniciábase su andadura, para así tener más años de antigüedad. Ahora soy tu jefe y hasta tengo el peluco, el de los diez años. Mira, mira.
Cáspita, Satur, hemos descubierto la fórmula para viajar en el tiempo!
-Obvio, PM.
-Pero, ¿por qué no han variado mis recuerdos con respecto a ti?
-Pues no lo sé.
(De hecho, el autor tampoco lo sabe y, en cualquier caso, evitará buscar explicaciones que alarguen incómoda e innecesariamente este relato).
En los primeros meses del año 2012, la antigua mesa de Saturnino, rodeada de cajas de refrescos de cola y kilos y kilos de coctel de anacardos y maíces, se convirtió en el nuevo centro de I+D de SD. Al mismo tiempo, los cerebros razonadores de los diferentes departamentos de SD elaboraron una concienzuda y sorprendente estrategia de ventas que no demoraron en poner en marcha.

Cierto día del 2013, el año del pareado, en el exitoso departamento Past Business (en adelante PB):

-Pero, Past Business Manager (en adelante PBM), si no he acabado de hacer el curso online para la instalación y conexión del sistema Maullum –advertía Clodomiro.
-Ostias, Clodo, tanto salir a echar un cigarrito… Venga, es igual, que esa alarma está chupado instalarla. Anda, inclina la cabeza hacia atrás que te voy a endilgar la gelatina en el entrecejo.
-¿Y la Blackberry?
-¿Estás de coña? La puesta en pruebas la haces con señales de humo, Clodo, que dónde vas no se ha inventado aún ni el dolor de muelas.
El PBM aplicó la oportuna cantidad de gelatina en el citado entrecejo y Clodomiro evaporose.
En el mismo instante, pero un montón de años antes (sí, suena raro, es lo que tiene viajar en el tiempo):
-Sé bienvenido, compañero Clodomiro. Yo soy Nepastasiano, sumun coordinador de llegadas y partidas temporales de SD en la antigua tierra de Palestina. Toma, amigo mío, aquí tienes el itinerario qué deberás recorrer hasta abrazar tu destino. No temas, mi buen Clodomiro, que ello no ha muy lejos; a dos lunas de aquí, si mis cálculos no yerran. Observa: ahí fuera tienes tu medio de transporte; en él hallarás abrigo y sustento, y un kit Maullum completo.
-¿Eso lleno de moscas es mí vehículo? –exclamó Clodomiro horrorizado.
-No te aflijas tanto, apreciado Clodomiro, y toma el camino sin demora. Te deseo buen viaje y fortuna en tus propósitos.
Dos lunas más tarde, Clodomiro llegó a una carpintería junto a un chamizo, dónde se oía el incesante lloriqueo de un recién nacido.
-¿Don José? Soy Clodomiro de PB de SD. Yo arameo no hablo, pero chapurreo un poco de latín –informaba al tiempo que extraía de un saco el kit Maullum (compuesto de una pareja de Felis silvestris catus y un berbiquí).- Le explico cómo funciona, don José, mire, atamos el minino junto a la puerta y ponemos su cola en medio y cuando…
-Oh, quantum pecuniae – el carpintero no cesaba de negar con la cabeza.
-Nada, hombre, esto le sale por cuatro míseros sestercios. Déjeme que le muestre el increíble sistema con petición de imágenes –dijo exhibiendo el berbiquí.
-¿Imágenes? (traducido).
-Sí, es lo último, don José: con esto, usted puede saber lo que ocurre en su casa mientras trabaja en la carpintería. Con cuatro movimientos giratorios lo tiene hecho, y está homologado con todas las paredes de la época.
-Al carpintero se le encendieron los ojos, miró a su alrededor, se acercó a Clodomiro y le susurró al oído.
-Infantus non est meus filius.
-¿Cómo?
-Digo (traducido), que sospecho que mi mujer me la pega con un tal Espíritu no sé qué. Vamos, aprisa, no importa lo que cueste, pero instálame ese chisme, rápido.
                                                                      
Y Clodomiro consiguió 
su primera venta.


FIN


lunes, 19 de diciembre de 2011

Filósofos y poetas... diferentes (2)

Julius Henry Marx «Grouncho Marx»
(2 de octubre de 1890 – 19 de agosto de 1977)

Debo confesar que nací a una edad muy temprana.

(Antes de dar un discurso): disculpen si les llamo caballeros, pero todavía no les conozco bien.

Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.

Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…

El secreto del éxito se encuentra en la sinceridad y la honestidad. si eres capaz de simular eso, lo tienes hecho.

La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien la enciende, voy a la biblioteca y me leo un buen libro.

El matrimonio es la principal causa del divorcio.

En las fiestas no te sientes jamás; puede sentarse a tu lado alguien que no te guste.

Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, quizá esté muy oscuro para leer.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Filósofos y poetas… diferentes (1)


Ian Fraser «Lemmy» Kilmister
(24 de diciembre de 1945 - actualmente)

¡Nacer para perder, vivir para ganar!

No entiendo a la gente que piensa que si ignoras algo, eso desaparecerá. Eso es totalmente erróneo. Si es ignorado, eso gana fuerza. Europa ignoró a Hitler durante veinte años. Y, como resultado, él masacró la cuarta parte del mundo.

El verano de 1973 fue fantástico. No me acuerdo de nada, pero nunca lo olvidaré.

En ese tiempo estábamos todos colgados en ácido. Acabábamos discutiendo con los árboles, pero lo peor es que, a menudo, ganaban ellos la discusión.

Lo más importante para llegar a viejo es estar vivo.

Periodista: Lemmy, ¿eres Dios?
Lemmy: ¡No, qué va! Una vez vi a Dios cuando estaba de ácido, y él era mucho más alto.

Periodista: ¿Lemmy, cómo llevas las resacas?
Lemmy: Chaval, las resacas son para los que dejan de beber.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Yo, el cuento

(por Fernando Rubio Pérez)


Hola, me llamo Skátolog, y soy un cuento huérfano, sin escritor. Pero no es para llorar ni nada de eso. Como no tengo quién me escriba, me escribo yo a mi mismo como quiero.
Bueno va, voy a contarme. Hm… Resulta que yo era un cuento de un príncipe que se llamaba Alexander, pero todos le llamaban Laxandter porque siempre estaba que se iba. ¡Ah!, y era en un país lejano y hace mucho, muuuucho tiempo, y todo eso. Y resulta que llega la navidad y se pone a nevar a cascoporro. Y los niños paislejanienses preparan un muñeco justo delante del palacio del príncipe Laxandter, con zanahoria, escoba, botones y toda la mandanga. Entonces un día, al príncipe le da un apretón y... ah no, no, primero fue a ver a una princesa y…  bueno espera que me está dando el apretón a mí. Ahora vuelvo.
Ya estoy. ¿Por dónde iba? Ah sí, entonces el príncipe Laxandter le estaba dando unos morreos a la princesa Paloma (a la que todos llamaban Palomina por no sé qué cosilla marrón). Y, justo antes de la monta, ahora sí, va el perrino y le empieza a asomar el hozico. Ante tal emergencia, deja a la princesa Palomina ahí, toda ella jadeante, y se va detrás del muñeco de nieve adoptando la posición de decúbito cunclillus y, como se aburría por la prolongada evacuación de tan longo chorongo, se dedicó a comerse la zanahoria del muñeco y así, de paso, fue rellenando el vacío. Concluida la cuestión, el príncipe repuso, con lo primero que se le ocurrió, la ausencia de la anaranjada hortaliza en el careto del muñeco de nieve.
Y ya no sigo contando porque, ¿sabéis qué pasó? Pues resulta que un niño muy pobre que pasaba mucha hambre y tal, se enteró que los otros niños habían hecho delante del palacio del príncipe un muñeco de nieve con zanahoria. Y, como siempre fue pobre y sólo comía sémola, no sabía exactamente cómo eran las zanahorias. Vamos, que se le juntó la hambruna con la ignorancia y, mira, de vedad, aquello fue…, bueno, bueno, tan asqueroso que mejor lo obviamos, ¿eh? Así que venga, colorín, colorado, este cuento, osea yo, he acabado.

Fin de mi mismo.

¡Ah! Y cuando el príncipe volvió, la princesa ya no estaba. Debió calzarse una trucha o algo de eso y se fue. Venga, lo dicho.